Sé feliz por lo logrado, por
perseguir tus sueños,por tus
nobles sentimientos. Sé feliz porque al
caerte puedes pararte de nuevo,
por disfrutar el presente o por usar tus talentos.
Y si nada de esto es suficiente para sentirte contento,
pues se feliz simplemente porque has decidido serlo.
¿Te acuerdas de esa frase?
¿Te acuerdas de esa frase?
Amistad es un concepto que, en general, produce más de alguna suspicacia cuando se da entre un hombre y una mujer. Sin escapar a ese prejuicio, mi grupo de amigos tenía serias sospechas acerca del estatuto de la relación que mantenía con ella. Pero había algo en lo que no se equivocan y es que el personaje que motiva estas líneas, ocupa un lugar importantísimo en mi vida. ¿Las razones? Espero dejarlas claras, a continuación.
La primera de ellas dice relación con lo complejo de su personalidad. Conversar con ella siempre es un desafío. Y yo, general o más bien guaripola de las causas pérdidas y de los desafíos imposibles, me encanta enfrentarla. Intelectualmente es una persona poderosa, aún cuando muchas veces no sepa canalizarlo de buena manera.
La segunda, se refiere a esta sinceridad que desborda su personalidad. Esa personalidad, que cae mal en muchas partes, pero que personalmente agradezco. Esa independencia, que a una persona “conservadora” como yo, podría complicar y hasta aborrecer. Pero no se muy bien por qué, pero siento que me enseño a ser un poco más progresista. O menos anticuado o retrogrado dirán algunos. Como ustedes quieran.
La tercera razón que me gustaría enumerar aquí y quizás la más importante, es, al mismo tiempo, el momento más doloroso en esta corta pero intensa amistad. Dice relación cuando ella, me reconoce, hidalgamente, que se había acercado a mí por interés. Un interés que se basaba en su perdido amor hacia un amigo mío, mi mejor amigo.
Recuerdo como si fuera ayer el lugar y la situación. El contexto y todo. Olimpiadas Maristas del año 2006, en San Fernando. Un tarde fría de octubre, mientras los deportistas llenaban los pasillos del Instituto San Fernando, la gélida bofetada que me pegaba el reconocimiento a mi ego y finalmente, a mi corazón y a mis nobles sentimientos.
En mi vida, he descubierto que soy un ser humano de sobremanera pasional. Y digo pasional, en el sentido más estricto de la palabra. Soy un personaje que todas las cosas que hago, la siento en el fondo de mi corazón. Porque me apasionan. Porque todas las relaciones que empiezo, de cualquier tipo, intento vivirlas al 100 por ciento y eso me hace vulnerable a este tipo de atentados contra la amistad.
Mucha gente, entre las que se incluye el personaje al que estoy describiendo, le tienen miedo a conjugar el verbo perdonar. En lo personal, siento que es una palabra que enaltece a la gente. No estoy diciendo ninguna novedad, pero quien es capaz de perdonar y de pedir perdón, creo, es un hombre y una mujer con el corazón bien puesto. Es digno de hombres y mujeres de verdad.
Según mi humilde y todavía novel concepción de la vida, perdonar significa recordar sin rencor. Y ese es el registro en el que funciono cuando me encuentro con hechos tan dolorosos como el narrado anteriormente. Y siento, sinceramente, que hoy lo puedo recordar sin rencor.
Porque como le dije a ella en su momento, ese acontecimiento, si bien marcará de manera indeleble nuestra relación, sirvió de excusa para que nos hiciéramos amigos.
Creo que los amigos no deben juzgarse. Deben decirse las cosas pero no juzgarse. Y esa medida, yo nunca juzgaré el hecho que nos acercó. Lo que si juzgaré, es la cercanía que tenemos hoy. La amistad incondicional que me demostraste, en los momentos difíciles que viví, justo cuando estas líneas comenzaron a tomar forma.
Y lo que también juzgaré, es que me sorprendiste. Fuiste capaz de re – establecer la confianza que se había quebrantado ese día. Me convenciste de ser tu amigo. En cierto sentido, me re – conquistaste. Con o sin esa intención, da lo mismo. Lo que importa es que somos amigos y de los de verdad. Amigos entrañables, que pase lo que pase, nunca se separarán. Porque su nombre estará escrito con mayúscula en el corazón del otro. Pase lo que pase.
Te pido por favor, que no me hagas tragar estas palabras. Y que alguna vez me demuestres que no estoy peleando solo y que alguien será capaz de valorar, en la justa medida, lo que le entregué. Dios nos dio esa oportunidad. Y así como me ayudaste a enfrentar este “problema”, ayúdame a no desaprovechar esa oportunidad. Por favor.
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