viernes, 14 de septiembre de 2007

Prólogo de Veinte Historias y Media

Conversando alguna vez con mi profesor Juan Francisco Coloane, respecto a las opciones que existían para escribir un libro, el me señaló que existían tres: el que se hace por obligación, el que se escribe por necesidad y el que se escribe con gusto, con placer. Sin saberlo, ambos, estábamos en el mismo proceso. El de escribir y por el gusto de hacerlo. Estas veinte historias responden a dos fuentes de inspiración. Una de ellas era simplemente escribir. No dejar de hacerlo durante las vacaciones del verano de 2007. Eran tres meses de receso, y eso, para mi pluma, era demasiado.

Y esta se unió, a una suerte de proyecto inconcluso que comencé por septiembre del año 2006 cuando quise hacerles un regalo distinto a mis amigos. Esta sería una crónica que representará nuestra historia, nuestra relación de amistad. Un recuerdo que tendrían ellos de mí, para el resto de nuestras vidas. Era parte de la necesidad de dedicarme a cada uno de ellos por separado, hacerles un regalo especial y dedicados exclusivamente a ellos. Cosa que los que me conocen, saben que hago en la fecha de sus cumpleaños.

Así nace Veinte Historias y Media. Gracias a mi amiga Catalina Egenau, se sistematizó por última vez la idea. Se terminó de pulir, dado que gracias a ella decidí que escribiría veinte historias. Cada una de ellas representaría cada uno de los veinte años que he cumplido hasta hoy. Y la media historia, representaría una historia que espero seguir escribiendo.

Una especie de resumen de mi vida. Con personas, lugares, cosas tangibles y otras no tanto que representen a la persona que soy hoy. Y la fecha de lo que podríamos llamar el lanzamiento, sería el día que cumpliera veintiún años.

Esto, también responde a una teoría que siempre he tenido sobre aquellos días. Tengo clarísimo que el festejado es uno. Pero, por lo mismo, debiese ser un día en que agradeciéramos a todos y todas por el aporte que han sido a nuestras vidas. Y creo que los 21 años es una fecha precisa para cumplir ese sueño. Que se unen a mi sueño de hacer una fiesta formal y que de mi cumpleaños sea, un verdadero evento social.

Aquí, se encontrarán de todo. Historias de amor y de amistad. De alegría, pero también de tristeza. De pasado, de presente y sobre todo de futuro. Porque ese podría ser el hilo conductor de estas historias. Que todas confluyen en un deseo ferviente de quien escribe a que me sigan acompañando a construir este largo camino llamado vida. Todos en su justa medida y a su estilo. Todos, sin excepción. Porque quienes aparecen aquí, han sido importantes, de una u otra forma. Asimismo, me ayudan a cumplir sueños. Y esta es la manera de agradecérselos. Con uno de los pocos talentos que Dios me dio: escribir.

Simplemente Pame

“Pero el amor se viste,
de lino y de franela y
cada día que pasa,
yo me enamoro de ella”

Me enamoro de ella. Juan Luis Guerra

“Comparto el centro de mi juventud,
con el final de tu niñez.
Son dos etapas que al azar,
se unieron para derrotar, al tiempo”
Son para ti. Sierra Maestra



Es difícil escribir algo para y sobre esta persona, que es tan importante en mi vida. Porque, por la misma razon, le he escrito mil veces y quisiera que esta fuera la historia perfecta. Perfecta, como nuestra relación. Porque evidentemente hubo errores de ambos lados y problemas. Pero, como te he dicho alguna vez, es el prototipo de relación que quise tener y ahora, puedo decir orgullosamente que tuve.

Probablemente, esa es la razón por la que recuerdo, como si fuera ayer, todos y cada uno de los incidentes acaecidos durante todo el tiempo que he estado en contacto con esta pequeña mujer de 16 años. Para muestra, algunos botones

Primera reunión de apoderados de mi último año en el colegio. Yo, salía de un entrenamiento de fútbol. Y me encuentro con ella. La mujer que desde ese día robó mi corazón y nunca más me lo ha devuelto. Conversamos largamente, aún cuando yo debía estar a esa hora, en casa de mi Nany (mi abuela materna).

Conversamos de lo humano y lo divino. Y como siempre, casi sin proponérnoslo, quedamos “cosidos a la misma estrella”. Me dio el número de su teléfono móvil. Y comenzamos un juego, un hermoso juego que terminó en el amor más profundo y sincero.

21 de Mayo de 2004. Tomando once en casa de mi Nany. Y de pronto, acostado en la cama, suena mi celular. ¿Código? 72. Teléfono de Rengo. ¡Aló! ¿Con quién hablo? Después de un minuto en discusión, al otro lado de la línea, me dicen su nombre. Cristina, la mejor amiga de este personaje.

La conversación fue larga y a ratos inútil. Lo único que saqué en limpio era que necesitaba tiempo para pensar. Por lo menos el fin de semana. Porque nunca es fácil que una mujer te declare así, sin anestesia, que te echa de menos.

Fue un proceso que duró aproximadamente 3 meses. Un proceso de mutua conquista. De derribar las barreras que los prejuicios y temores iban construyendo, en nuestras mentes más que en nuestros corazones. En definitiva, un proceso de conocernos en todas nuestras facetas.

Hasta que llegamos al Campamento de Invierno. Ese año, la sede era la Escuela de Roma. Y era un campamento de sobremanera simbólico. El primero en que Felipe, mi hermano de facto, volviera al Grupo. Antes se separó del grupo para dedicarse a su carrera universitaria. La Marce y Pansho, dos de mis mejores amigos, en un incipiente pololeo con incierto futuro. Además, era mi primer campamento a cargo de las actividades, con tiernos 17 años y con un nerviosismo que me impidió comer en casi todo el campamento.

De ese campamento, quiero rescatar dos hechos en particular. El primero de ellos tiene que ver con la primera noche. Como siempre decidimos ir a misa. Pero fuimos sólo unos pocos. Yo me fui conversando ella todo el camino y luego de algunos momentos le tomé la mano. Permanecimos casi toda la misa juntos. Como amantes silenciosos, escondíamos lo que hasta entonces era un intenso cariño, bajo la “manta” del secreto que guardaban sólo nuestros más cercanos.

El segundo dice relación con aquella sospechosa “enfermedad femenina” que te impedía correr en nuestro clásico Torneo. Evidentemente sabía que no era del todo cierto, pero claramente acepté que te quedarás conmigo. De golpe, estábamos fundidos en un beso. Abrazados, riéndonos juntos. Y otro beso más. Besos que nunca podré olvidar. Y que de sólo escribir y recordarlos, producen un nerviosismo propio del cariño que te sigo teniendo.

Sí, que aún te sigo teniendo. Sé que es arriesgado lo que estoy diciendo, y que cualquiera que lea estas líneas le parecerá extraño, pero nunca he podido dejar de amarte. Cada vez que te veo, siento que me enamoro de nuevo. Es extraño, pero cada vez que nos vemos, siento lo mismo que sentía cuando estábamos juntos. Te veo a ti en colores y a todo el mundo, en blanco y negro. Termina muchas veces en el momento de la despedida. Pero, como dice la canción de Juan Luis Guerra, con la que bailamos merengue por primera vez, me enamoro de ella.

Eres y serás por siempre, un personaje importante en mi vida. Si tuviese que repartir mi corazón y entregarles un pedazo a todas las personas importantes en mi vida, espero que tengas claro que uno tiene tu nombre escrito. Y, probablemente, sea el pedazo más grande. Y eso es un poco lo que he hecho con este “libro”.

Porque sé que fuimos víctimas de las circunstancias. Porque sé que nuestro amor es verdadero. Fue, es y será siempre así. Porque viví contigo el momento más importante de mi vida. Aquel primer cambio, aquel primer triunfo, del cual, tu fuiste pilar importante.

Recuerdo aquel mensaje de texto que me enviaste cuando yo sentía que estaba muerto antes de pelear. Aquellas palabras tuvieron una influencia radical en haber cumplido mi sueño: ese que decía que estudiaría Periodismo en la Casa de Bello.

Son muchas las cosas que siento por ti. Muchas también las cosas que hoy pasan por mi cabeza. Pero siento que el título de este capítulo es lo que encierra y representa mi sentimiento hacia ti. Porque para mí, tú eres la mejor polola que he tenido. La persona más importante que he conocido. La que más he amado en la historia. En definitiva, simplemente tú. Simplemente Pame.

Dos Mujeres En Una

“Dime si él, te conoce la mitad.
Dime si él, te ama la mitad.
De lo que te ama este loco…
Que (ahora si) dejaste en libertad”

Ricardo Arjona, Te conozco.




Sinceramente, creí que nunca más iba a escribir sobre este personaje. La primera mujer a la que le di un beso y la primera a la que le dije te amo. La primera que fue mi polola. La primera que logró tenerme pendiente de lo que le pasaba a ella. En definitiva, la primera que me robó el corazón y mi primera fuente de inspiración.

Pero también fue la primera que me hizo sufrir. La primera que me trató mal. La primera que me descolocó. La primera que golpeo a bofetadas mi ego. En definitiva, la primera que rompió mi corazón y la primera fuente de tristezas y llantos.

Quiero contarles una historia, que probablemente quedó mucho mejor retratada en una carta que le envié a este personaje. De esta forma, eso sí, quiero demostrar lo que me pasó con la primera cara que ella me mostró. Esa que me sedujo, que me conquistó. Esa que me mantuvo embobado durante largo tiempo.

Picarquín. Enero de 2003. Terminaba el Campamento Huenuican, que tenía por objeto darle unas vacaciones a niños en riesgo social. Casi sin proponérmelo, conocí a una mujer extraordinaria, según mis ojos. Una mujer que, por primera vez, hizo que me sintiera importante para alguien. Atractiva, derrochaba personalidad. Se sabía guapa. Y, por lo mismo, estar con ella para mí era un lujo.

Recuerdo el día que me vine del campamento a San Fernando, con el objeto de cambiar ropa, descansar, comer algo que no fuera la horripilante e insípida comida de la JUNAEB. Ahí descubrí algo que no había sentido nunca antes en mi vida: echar de menos.

El contexto era el siguiente. Acostado en el mismo sillón que hoy uso para escribir en estas líneas. De paso, sobrellevando el calor que significa estar en mi casa. Me encontraba disfrutando del deporte que, después del fútbol, más me apasiona y obnubila: el golf. Entonces descubrí aquel sentimiento, aquella sensación que sentimos cuando necesitamos estar de cierta forma con alguien. Echar de menos.

Subo al segundo piso. Soportando la suerte de sauna que parece mi pieza en época estival, comienzo a escribir. Porque ese día y por bastante tiempo más, el calor de mi corazón era mayor. Y en ese momento, lo dejé hablar por primera vez. Habló por más de seis largas páginas, que representaron una forma de hablar contigo. Pero también una buena terapia para descubrir lo que realmente sentía. Una catarsis inmejorable, que hasta el día de hoy, no he dejado.

Nuestras últimas conversaciones han sido disímiles como toda nuestra relación. Peleamos y cortamos la llamada. O hablamos mucho y verbalizamos lo mucho que nos queremos. En esta relación que lleva largos cuatro años, hemos sido de todos. Fuimos novios, amantes, amigos y enemigos. Nos quisimos, nos amamos y nos odiamos. Pero nunca hemos sido indiferentes. Desde que nos conocimos.

Eso confirma lo que siempre he señalado sobre el olvido. Que nunca te podré olvidar. Y por qué no quiero olvidarte. Y porque creo que uno no debe ni tiene que olvidar. Como te dije en la última conversación que tuvimos, estoy aprendiendo que en tu vida ocupo un lugar muy importante. Y no te imaginas cuanto me gusta ocupar ese lugar. Y mucho más me gusta que estés dispuesta a ocupar ese mismo lugar en mi vida.

Creo, sinceramente que no es lo mejor que te he escrito. También creo que es difícil, dejarte fuera de mi corazón en este momento de mi vida. De verdad siempre quise que las cosas entre nosotros fueran distintas. Pero, estoy un poco cansado de luchar. De que cada cierto tiempo, necesites que te demuestre que estoy a tu lado. Que cada cierto rato te guste probarme. Y criticarme cada vez que no rindo lo que tú esperas.
Definitivamente, el sentimiento que tengo hacia a ti es innegable. No creo que pueda olvidarte, ni menos quiero olvidarte. Ocupas un lugar importante en este corazón. Pero, a mí me gusta la mujer que conocí en Picarquín. No la que me hizo sufrir. La que me valoraba y no la que me saca en cara mis errores. La que me quiere y no la que instrumentaliza, porque siempre cuenta conmigo. No sé si volverá la primera mujer, pero no quiero convivir con la otra. De verdad.

La Única Que Quise Tener, Tuve y No Pude Re - tener

“Sueño a través de ti,
tu aroma llena mi Universo
y la vida me hace feliz…”

Aquí. Sin Bandera.




Sinceridad. Quizás esa es la palabra que sintetiza de mejor manera mi relación con este personaje, que, para variar, apareció en un minuto difícil de mi vida y la hizo suficientemente más fácil. Una historia de dulce y de agraz, que paso a narrar en las siguientes líneas, porque es una de las más importantes. A saber:

Recuerdo la escena como si fuera ayer. Era uno de los últimos días del mes de marzo de 2006. Como el año anterior, era un difícil inicio de año porque los fantasmas de la soledad azotaban mi vida. Esta selva de cemento que es Santiago me atormentaba, y, al mismo tiempo, me recordaba la pasividad de mi querido San Fernando.

Llegué al restaurant “Raúl Correa y Familia” donde trabajaba mi padre en ese entonces y donde pernoctaba, porque difícilmente se puede decir que vivías en una habitación que estaba lo suficientemente cerca de las pocilgas donde viven mis congéneres porcinos.

Salude, como de costumbre a todos los garzones y cocineros del famoso restaurant de calle Estoril. Hasta que llegue a la cocina fría, donde se encontraban los tipos que mas se acercaban a mi edad dentro del recinto gastronómico (al rato, me di cuenta porque no pude decir mis “amigos”). Ahí estaba ella. Tímidamente la salude y me la presentaron:

- Romina, este es el hijo de Don Carlos, Marcelo

Un tartamudeado saludo balbuceé ante aquellos ojos profundamente claros que me hipnotizaron durante todo lo que quedaba de noche. Luego, la acompañé hasta la micro cerca de las 11 de la noche, cuando todavía los micros amarillos recorrían las calles de la capital. Ahí comenzó todo para mí.

De golpe, sin saber mucho por qué, llegar al restaurant se me hizo muchísimo más atractivo. Podía estar horas y horas solamente viéndola trabajar. La adoraba casi religiosamente. Aun cuando tenía suficientemente claro que no me pescaría. Sus ojos estaban puestos en el compañero de trabajo. Eso creía yo al menos.

De ahí nos saltamos como un mes y medio después. Su “relación” con este tipo había terminado y yo, como nunca, llegue temprano un día jueves al restaurant. Me senté, ex profeso, afuera de mi habitación a “leer” la revista “El Periodista” que por esos días regalaban en mi escuela de periodismo, la más antigua y prestigiosa del país.

Días atrás descubría sistemáticamente que teníamos muchas cosas en común. Ella asistía a una parroquia, yo al movimiento scout (del cual ella formó parte alguna vez). Ella vivió EJE, yo un curso de Espiritualidad Marista.

Sentado afuera y aparece ella. Lentes ópticos y esos ojos profundamente verdosos eran suficientes para atraer mi atención. Se me sentó al lado. A esperar que un “amigo” la llamara para juntarse con ella. Conversamos un rato y pasó. Simplemente pasó.

Ella se fue. Y yo entre a mi habitación. La quise tener y, casi sin proponérmelo, la estaba empezando a tener. Por vicisitudes de la vida no nos vimos hasta la otra semana. Pudimos conversar recién el martes. Y nos pusimos a andar.

Todo terminó en un corto pero intenso pololeo de tres meses. Justo el día 6, del mes 6, del año 2006 pedí por primera vez pololeo. Y desde ese día, durante tres meses tuve todo lo que quise tener. Me mimaron, me celaron, me sedujeron, me acariciaron y me dieron en el gusto en todo.

Fui feliz durante esos meses que pasé con ella. Todavía recuerdo la hermosa tarde que pasamos juntos en la Quinta Normal. Fue quizás, y lo digo sin temor a exagerar, una de las tardes más maravillosas de mi vida. La amé con todo mi corazón, aun cuando no se lo dije muchas veces. Esa tarde fue simple, caminamos, conversamos de nuestros sueños y nuestros temores. Rayando la perfección. Y al aire libre más encima.

Fue una gran novia. Sintetizaba en su persona, todo lo que yo buscaba en ese momento y lo que busco en una relación de pareja: que me haga más fácil la vida.

Cualquiera que lea estas líneas, podría pensar que si todo era tan perfecto, por qué se terminó. Yo puedo, solamente, plasmar en las siguientes palabras, lo que pasó por mi cabeza cuando escribí aquel correo que transformó probablemente la imagen del personaje que, según sus propias palabras, “derribó la muralla que había construido hace algún tiempo para ser inmune a enamorarse”.

Yo me sentía ahogado. Pocas veces me ha incomodado tanto el compromiso como en aquella época, Además, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Y la distancia no era tan física, ni temporal, sino que más bien, yo comenzaba a sentir una distancia sentimental muy grande.

Sentía que en su proyecto de vida, yo era algo así como una piedra en el zapato cuando caminas un largo trecho; sentía que nuestros caminos se comenzaban a separar. Lamentablemente, por el hecho de ser una sensación puede estar equivocada. Y eso, me hizo tomar una decisión: la de terminar. No sé si correcta o incorrecta. Pero decisión al fin. Lo único que tengo claro, es que si tuviera los mismos antecedentes hoy, tomaría la misma decisión.

No sé de verdad si alguna vez me entendió la decisión. Lo único que quiero que sepa, si alguna vez esto se transforma en un libro y llega a sus manos, es que lo siento mucho. Que me perdone por como termine esto, que me disculpe si la decepcione, porque no fue mi intención nunca hacerle daño. Y que le agradezco todo lo que me hizo vivir. Nada más que eso. PERDÓN Y GRACIAS.

La Noticia Como Estilo De Vida

“Nuestro fino sentido de la ética,
disminuye proporcionalmente,
en cuanto aumenta la importancia de las noticias”

El periodismo es el mejor oficio del mundo

Gabriel García Márquez


Cuando uno hace un análisis de su vida, sobre todo cuando se encuentra estudiando en la Universidad, es imposible no hacer referencia a la carrera que supuestamente uno eligió para su futuro. En mi caso, fue el Periodismo. Una apuesta, y al mismo tiempo, una pasión. Una apuesta arriesgada debido a que si miras al futuro, sabiendo que salen cerca de mil 500 periodistas al año, de las Escuelas de Comunicaciones de las más diversas Universidades, la pista se pone difícil.

La primera señal que recibí en mi vida, respecto a mi preferencia, fue la religiosa obligación por parte de mi familia de estar al día de las noticias de Chile y el mundo. “Para no vivir como pajaritos” señalaba mi madre parafraseando a su padrino de matrimonio.

Luego, sentí el llamado por la lectura, y por supuesto, de la escritura. La escritura, claramente, tiene una razón amorosa. Pero fue la forma y el método en que descubrí que tenía una suerte de talento para escribir.

Posteriormente, llegué al curso humanista. Y la primera vez que leí una de mis creaciones, el profesor, me señaló que le gustaba mucho lo que había escrito, pero, “para la revista El Sábado, de El Mercurio”.

Para cualquier literato, esto podría ser un insulto. Pero yo, que quería estudiar periodismo, eso, era casi un piropo. Después vinieron las dudas, la PSU y todo el nerviosismo que aquello involucra.

Cuando me fui a matricular luego mis resultados PSU, llegue a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Nervioso, con mucho temor. Apenas abro la puerta de la Secretaria de Estudios, me encuentro con un grande de las comunicaciones, Sergio Campos. La voz característica del Diario de Cooperativa, me extiende la mano y me saluda. Me dice:

- Usted tiene cara de mechón, porque viene con cara de muchas preguntas.
- Si, respondo tímidamente yo.
- ¡Que bien! Porque aquí le vamos a enseñar como se hacen las preguntas.


En ese momento, comienza mi largo y sinuoso deambular por los caminos del periodismo. “El mejor oficio del mundo” como señaló alguna vez Gabriel García Márquez.

Han sido pocas las experiencias laborales de reportear, correr, entrevistar, y experimentar las diferentes vertientes periodísticas. Pero cada día que lo hago, y mi corazón se acelera a mil, creo que la elección fue la correcta. Veo como se hace vida, la frase que cuando niño, mi madre me repetía: “debes hacer lo que te gusta y gustarte lo que haces”. Si lo que a mi me pasa no es pasión, no sé que es lo que es.

Sufrí el primer semestre con redacción. Para una persona que era reconocida por como escribía, esa era una bofetada al ego. Pero con humildad, uno aprende a esforzarse todos los días. A estudiar como cualquiera. A bajarse de la nube y cumplir paso a paso, todo lo que los profesores exigen o recomiendan.

Ha sido un proceso de aprender. A hacer crónicas, las mismas que le dan vida a estas 20 historias. Un proceso que ha tenido de dulce y agraz (cliché que me habrían corregido en la U). Pero un proceso muy lindo.

Cuando termino de escribir esta crónica, me encuentro, en teoría, justo en el medio del camino de 5 años para ser el periodista que siempre he soñado. Y cuando intentó responder la pregunta que debiese ser el eje de esta crónica, me doy cuenta que la respuesta no es demasiado clara.

Me gusta la actualidad, y por sobre todo, la realidad. Prefiero ver Contacto o Informe Especial en vez de ver una película. Vibro cuando tengo una información. Recuerdo cuando falleció el General Augusto Pinochet. Alguien, que para bien o para mal, ha marcado a fuego la vida de mi generación y la anterior.

Recuerdo la escena perfectamente y creo que nunca la olvidaré. Comiendo un rico bistec a lo pobre, viendo Chelsea – Manchester United. Sufriendo porque mi equipo, el londinense, se alejaba cada vez más del titulo. Y un llamado telefónico de mi tío, me mostró la frase que repetían todos los canales de televisión. Murió el general Pinochet.

Por supuesto, el hambre se termino y comenzó a nacer un sentimiento en mi corazón. Escribir lo que estaba pasando y lo que estaba ocurriendo. Contarle a todo Chile que ese día, había fallecido el personaje más preponderante de la vida de un país durante los últimos 30 años.

Y cuando recuerdo eso, siento que mi sueño esta cada día más cerca. Transformarme en uno más de los miles de personas que viven por la noticia. Y tal y como Orson Welles lo graficó en su película “El Ciudadano Kane”, quiero acostarme una noche, sabiendo que el medio en el que trabajo tiene una información que ninguno otro de la competencia, lo tiene.

No quiero ganarme un Pulitzer ni nada. No quiero ser Paulsen ni Guiller. Solo quiero hacer periodismo. Del bueno. Contribuir a que el Periodismo, independiente del soporte técnico, tenga en vista el bien común. Y que tenga claro que no es el cuarto poder del Estado sino que el anti – poder como alguna vez dijo mi querida directora de Escuela, Faride Zerán, nuevo Premio Nacional de Periodismo.

Carta Abierta a Las Personas Que Más Amo

En libertad, como los
pajarillos, en libertad.
Que nadie me pregunte, a donde vas.

Sevillana de la Libertad. Patricio Mans

Y no te quejes, papa,
no te quejes por nada.
Si del cielo te caen limones,
aprende a hacer limonada

El Gran Varón. Willy Colón



Los personajes que le dan vida a esta crónica, fácilmente podrían haber quedado en una historia, por separado. Sin embargo no lo hice, no porque no se lo merezcan, sino más bien porque para mí son un todo. Un dragón, de tres cabezas, conmigo. Una verdadera familia.

Recuerdo aquel reportaje que escribí en la Escuela. Entre paréntesis, intenté leerlo para inspirarme, pero de verdad, es intragable. No por el contenido, sino más bien por lo mal escrito que estaba. Críptico, un desastre. En definitiva, hago referencia a él, porque en lo que quise expresar allí esta gran parte de nuestra historia familiar y la suerte de secreto para mantener la relación que tenemos hasta el día de hoy. No sé si será una receta efectiva para todos, pero a nosotros nos sirvió.

Aprender a compartir momentos y actividades como familia, fue el primer paso. Respetar esos espacios, por pequeños que estos fueran, para aplicar el cliché de que “calidad de tiempo es mejor que cantidad de tiempo”. Ver el partido de Colo – Colo con mi padre, era uno de esos momentos sagrados. Recuerdo las muchas veces que mis amigos entendieron este proceso. Como un momento importante para nosotros y lo respetaban. Y lo que más importaba, nosotros lo respetábamos.

Ir a la casa de “La Nany” o hacerle masajes en la espalda a mi madre, me pueden abrir miles de puertas a cosas que yo quiera hacer. También son momentos muy nuestros. Que compartimos con alegría y que en ellos, todos quienes se precien de cercanos a mi familia, tienen que haber vivido alguna vez.

Lo otro que aprendimos fue a no discutir. Eran pocos los días que estábamos juntos y era preferible pasarlos en paz y tranquilos. Es, hasta el día de hoy, un ejercicio de tolerancia para ceder, y respetar la opinión del resto de los integrantes de esta familia.

Todas estas cosas, por pequeñas que parezcan han sido, según mi opinión, centrales, en la medida que hemos forjado una familia que se respeta, comparte y se relaciona de acuerdo a las condiciones que el sistema nos propone. Incluso en el momento más difícil, que creo que hemos vivido, que ocurrió este año, nos apoyamos y cada uno ocupó el lugar que le correspondía. Desde su propia trinchera ayudó en pos de lo que siempre hemos luchado, el bien de los tres.

Sin embargo, creo que ustedes tienen más que claro como han fortalecido su relación y de paso han forjado esta familia, en la cual a mi me tocó vivir. Mal que mal, darle magia a 21 años de matrimonio, dudó que sea fácil. Y quisiera aprovechar este y por espacio para señalarles lo orgulloso que estoy de pertenecer a esta familia.

Cuando era más pequeño, hacia las cosas, para que no peleáramos. Pero a medida que crecí me fui dando cuenta del rol que me compete en este trío de personajes. Y recién les decía que me sentía orgulloso de pertenecer a esta familia, y por ende, orgulloso de cumplir dicho rol.

Porque siempre sentí el apoyo irrestricto de parte de ustedes. A pesar de ser hijo único, dejaron sus aprehensiones de lado y me dejaron ser libre. Nunca me voy a olvidar, cuando me apoyaron en mi relación con la Pame. Fue el momento en que me sentí más feliz y más contento de ustedes. Más orgulloso de que mis padres comprendieran el fondo de lo que me pasaba. Aunque pudieron no estar de acuerdo. Pero me apoyaron igual. Eso es impagable.

Me han respetado siempre en mis decisiones. Recuerdo también la primera vez que fui a scout. Aquellos papeles que se escribieron claramente denotaban un desacuerdo entre ambos. Pero mi padre tuvo la osadía de oponerse a mi madre, y esta, la grandeza de comprender finalmente y respetar aquella decisión.

Siempre me he sentido incluido en las decisiones familiares. Nunca excluido. Se respetan mis opiniones. Nunca escuché un castigo o un reproche por la hora en la que llegué. Aunque si preocupación y algunas críticas. Ni siquiera cuando me asaltaron estúpidamente, me coartaron mi juventud ni mi niñez.

Aprendí a ser responsable, a ser excesivamente puntual A disfrutar con la lectura y con la salsa. A ser sensible y escuchar. A respetar a todos y expresar mis diferencias con el mismo respeto que yo exigía. Simplemente, me forjaron la personalidad, con el ejemplo más lindo. Una pareja estable y sincera. Una familia sólida y que aprendió en el camino de la vida.

Nunca sentí el rechazo hacia alguien que llegó a la casa. Al contrario, se le atendió como me atienden a mí. Y eso habla de una tolerancia y un respeto a las decisiones de su hijo. Algo simplemente envidiable, para cualquier hijo. No tuve un libertinaje. Porque cuando me equivoqué, me lo dijeron. Me lo hicieron notar. Y siempre me enseñaron a ser responsable de mis actos y asumir los errores.

Por todo ello quiero darles gracias. Por ser así conmigo. Porque aunque suene a lugar común, si tuviera que elegir una familia, antes de nacer, sin lugar a dudas hubiese elegido una como la nuestra. Porque nunca han sido fáciles las cosas. Primero los caracteres, luego la distancia. Posteriormente las diferencias de opinión y las complicaciones de la vida.

Pero siempre ganamos en aquella lucha eterna de la vida. Aprendimos, quizás de los errores, pero siempre usamos la experiencia, para que hoy, muchos de mis amigos, envidien la confianza y todo lo que encierra a esta familia. Una familia que, como titule aquel malísimo reportaje para la Universidad, nunca vio en la distancia una razón para olvidar lo más central en una familia: que nos amamos.

Hermanos De Facto

“Gracias a la vida,
que me ha dado tanto,
me ha dado la risa
y me ha dado el llanto”

Violeta Parra. Gracias a la vida.



Esta historia se remonta a una época en la que yo me encontraba sólo como un proyecto. A mediados de los ajetreados años ochenta, aparentaba ser un día normal en la casa de mi abuela, la “Nany”, como la haría famosa años después. Ese día, Olga González llegó a aquella casa del pasaje Antivero 651, embarazada de un hijo y madre soltera. Lo que, en la conservadora sociedad nacional de entonces, era una suerte de sacrilegio. Ese día, cambiaba mi futuro, y, por ende, mi presente.

Así inicie, un reportaje que escribí sobre mi familia durante el año 2006, que me pidieron en la Universidad. . Y es, creo, sintomático, que en un reportaje, haya aparecido Felipe Fonseca, a quien están dedicadas estas líneas.

Cuando uno analiza su vida, es indefectible que aparezcan personas que no pertenecen a tu familia sanguínea, pero que ocupan un importante lugar en aquellos años porque como hemos vivido durante todo estos años.

Y en mi caso, Felipe, desde aquel primer día en que comenzó esta relación de amistad, ocupa un lugar central en mi vida. Desde aquellas peleas durante nuestra infancia, a aquellos carretes que marcaron nuestra entrada a la bohemia sanfernandina, cada uno de los momentos que he vivido contigo, han sido importantes.

Por mi inocencia, y quizás por mi estupidez de niño, señalaba que tú eras, “el que criamos”. Durante esos años me costó valorizarte, porque uno cuando tiene menos edad no mira las cosas con el prisma correcto.

Creo que nunca te lo dije, y que nadie nunca se ha enterado, pero fue difícil para mí, aquel par de años en que tú, tomaste independencia y te alejaste de mi casa. No tenía con quien almorzar, ni a quien tirarle las Tortugas Ninja por la cabeza. No tenía con quien salir a andar en bicicleta ni menos tenía un cómplice para hacer las cosas que mi mama, tu “Lala”, nos prohibía. Pero la vida es suficientemente sabia. Nos juntó en el grupo scout.

Éramos de la misma patrulla, Jaguar. Vivimos campamentos notables. Luchamos por el sueño de vencer a Pansho, Sebastián y sus secuaces Cobra, pero nos uníamos como nunca en los Campamentos de Altas Patrullas.

Luego vino aquella famosa Comunidad en Semana Santa, que a ti y a mi nos cambió la vida. A ti, porque decidiste un cambio de colegio que fue vital para estudiar y transformarte en el profesional que estas empezando a ser. A mi, porque descubrí que teníamos una amistad distinta. Algo mucho más profundo que una amistad.

Porque ocupamos, creo que el uno para el otro, un espacio que no ocupo un hermano de sangre. Pero, nos aprendimos a valorar, a cuidar y a conocernos.

¿Sabes? Durante varios episodios en nuestra vida, esta, nos separaba o más bien, nos alejaba. Primero fue tu lejanía en algo que compartíamos todos los días, como era el almuerzo. Luego el colegio y tu independencia. Posteriormente, la PSU te alejó del Grupo Scout. Y para que hablar de la Universidad, en Valparaíso. Pero tú y yo, nos conocemos hace mucho. Y eso no importó.

Hasta el día de hoy recuerdo y tengo guardada, en mi billetera, la carta que me escribiste en aquel inolvidable campamento de Roma 2004. Y reproduzco, las frases:

“Hola… Hermano, primo, amigo, etc.

Este es un mensaje de felicitación por tu gran esfuerzo acá en el Grupo y crecimiento como persona. Ojala te vaya bien en la PSU y cuenta conmigo Un abrazo, te quiero mucho.

Eso fue una demostración de cariño que yo, verdaderamente no esperaba. Me quedé para adentro, pero tu, siempre has sabido demostrarme tu cariño, aun cuando se que te cuesta mucho hacerlo con otras personas.

Hasta el día de hoy, tú y yo somos amigos entrañables. Nos hacemos regalos en Navidad. Peleamos y vivimos muchas cosas en el pasado. Ocupamos el lugar que, por distintas razones, no ocupó un hermano. Pero, más que a ti, me gustaría decirle esto al resto. Porque creo que tú lo sabes. Que da lo mismo que un hubiese tenido hermanos. No fue necesario. Felipe es, eres y serás mi hermano. El que nunca tuve en la sangre, pero que la vida me lo regaló. Como diría la gran Violeta Parra: ¡Gracias a la vida! Por ti Felipe.

Estructural y Profundamente Amigos

Iba, con mi caballo,
cansado y sucio,
arrancando de una mujer.

Hágalo Usted Mismo. Los Tres


Creo, sinceramente, que no existe mejor momento para escribir esta crónica. Porque, al igual que dentro de mi familia, esta relación de amistad ha sido un constante aprendizaje, que sin ir más lejos, tuvo en estos días un nuevo episodio, un nuevo hiato o punto de inflexión.

El personaje a quien le dedico estas líneas es uno de aquellos que jugó, juega y jugará un rol muy importante en mi vida. Suena medio cursi, y, al mismo tiempo, extraño (gay en realidad), pero esta relación es, definitivamente, especial.

Tan especial es, que mis ideas sobre nuestra amistad, que podría poner a continuación no fluyen en mi mente como lo han hecho en otras historias. Quizás, lo único que podría encerrar o, mas bien, graficar nuestra amistad es una frase de suyo problemática.

Como me dijo alguien en otra ocasión, si el destino existe, fue este el encargado de evidenciar y de juntar nuestros caminos en uno que muchas veces parece confundirse. Sobre todo cuando nos necesitamos. Inexorablemente, estamos presentes en esos momentos difíciles. Y en los felices evidentemente también.

Recuerdo aquella conversación telefónica, que aparentaba, en su estructura superficial, ser tan insulsa como muchas, pero que contiene, en cuatro frases, dos de los conceptos más importantes de esta amistad.
Suena mi celular luego de un partido de baby – fútbol, que jugué luego de unos de los momentos más tensos de mi vida. Estaba ahogado. Necesitaba hablar con alguien. Y por unas horas, la redonda pasión del fútbol, sacó de mi cabeza la preocupación de haber estado ad portas de besar a la “mina” de un amigo.

Pansho al habla. Saludos protocolares que evitaré por piedad a los pocos lectores que tendrán estas crónicas, y, de golpe, las preguntas que quiero rescatar, parafraseándolas, porque no las recuerdo tan nítidamente:

- ¿Estas en tu casa?
- Acabo de llegar de jugar fútbol, respondí.
- ¿Y te puedo ir a ver?
- Si, obvio. Dame 10 minutos para ducharme y vienes, ¿vale?

Primer detalle. A este personaje no lo había visto en todo el fin de semana. No sabía de mis actividades con la “susodicha” mujer. En definitiva, no tenía por qué llamarme. Y lo hizo, con el sólo objetivo de visitar, su segunda casa, como ha reconocido más de alguna vez.

Segundo, y tanto o más importante. Entender, claramente, que detrás de ese “Sí, obvio”, en el sub – texto, o en la “estructura profunda” como dice Chomsky, se escondía un: ¡Sí, por favor!

Y eso, solamente lo da el conocimiento de las personas. Conocimiento que, en nuestro caso, se remonta al primer día en que ambos pisamos por primera vez, (¿Cómo dijo?) el Instituto San Fernando. Conocimiento no exento de problemas, pero como verán o vieron en la crónica sobre mis padres (no se cual será primero), a esta gran amistad también le sienta el concepto de aprendizaje.

Aprendimos que teníamos en común muchas más cosas que las que creímos. Supimos tolerarnos de a poco. Paso a paso, se fue forjando una de las amistades más puras y reales que he tenido jamás. Descotando a Felipe Fonseca, que es mi hermano, aquel que nunca tuve, y siguiendo la lógica de aquel correo electrónico que escribiste y que hasta lágrimas me sacó, serías algo así como un muy buen hermanastro.

Hemos tenido conflictos. Hemos reído y hemos llorado juntos. Y podría escribir veinte páginas con anécdotas, ya sean felices o tristes, que nos han unido cada día más.

Aquel día que casi chocamos con la entonces hija del Prefecto de Carabineros. O aquella tarde que casi nos subimos a la vereda por un episodio que te ofuscó muchísimo. O la “maldición de Eneas Gonel”. Y muchas otras que en tu recuerdo y el mío, en mi corazón y el tuyo, son marcas indelebles de una relación, que es mucho más que una amistad.

Nuestro lazo, es mucho más fuerte que todas las cosas que hemos pasado. Eres una de las pocas personas en mi vida que influye claramente en lo que hago o dejó de hacer. A veces nuestros egos chocan y discutimos. Pero, en general, terminamos riéndonos de todo. De los problemas y del mundo en general. Que, de vez en cuando, nos recuerda que nos necesitamos. Por una razón muy simple y que puede que no te guste decirlo, pero es la realidad: NOS QUEREMOS.

Buenos Cristianos y Virtuosos Ciudadanos

Con la luz del saber en el alma,
con la fuerza que da el creador,
forjaremos un mundo más justo,
con esfuerzo alegría y fervor.

Himno I.S.F. Guillermo Morales



¿Les hago una apuesta? Pregúntenle a cualquiera de mis compañeros del colegio y gente de mi generación, si teniendo la misma oportunidad o las mismas ganas de escribir algo parecido a este conjunto de historias, escribirían una dedicada a su colegio o a lo que significa ser maristas. Diez a uno, que la respuesta general, sería un no rotundo.

Y eso tiene que ver con un fenómeno, del cual yo también fui parte, durante gran parte de mi infancia. Con ese fenómeno que lleva a todos nuestros padres, de inscribirnos en un colegio sólo buscando éxito académico. Valores, identificación y amor al colegio, pasan verdaderamente a segundo plano. Y aun cuando tengo claro que para mis padres no era así, me costo bastante rato darme cuenta.

En mi caso, eso duro hasta séptimo u octavo básico. Porque independiente de que en mi familia existiera una suerte de tradición marista, yo no asumía con orgullo un hecho que para mi no era mas que azaroso, que era ser marista, ni menos, sentía que quería a mi colegio. No obstante, existieron desde entonces y hasta el día de hoy, muchas señales que lentamente me hicieron cambiar de opinión.

Lo primero es que por aquella época, descubrí por primera vez, o más bien asumí realmente al personaje que tuve como rector. Pasaron cerca de cuatro años hasta que aquella sonrisa que me recibió en el plan piloto de la educación personalizada, pasó a ser recordada como el verdadero tipo que conocí. Mas que nada, en su verdadera magnitud. Aunque suene cliché, un santo en vida. Y hablo del Hermano Fernando De la Fuente

Sin embargo, el grupo scout Guallipén, al mismo que le dedico otra historia, de estas 20 que me propuse escribir, me sirvió para conocer a hermanos de la talla de Isidro Azpaleta, José Luis Arranz y el nunca bien ponderado Hermano Feña. Son personas que encarnan y hacen vida el concepto y los pensamientos que cerca de tres siglos atrás, Marcelino Champagnat, pensó para su natal Francia.

A posteriori, comencé a defender los colores de mi colegio. Y aun cuando no me puse nunca, (creo) la camiseta del colegio con el escudo en mi corazón, creo que fueron muchas las situaciones que demostré que llevo aquella insignia prendida a mi corazón, tal y cual me lo puso el Hermano Raúl en mi pecho durante mi Licenciatura.

La atajada del penal en las Olimpiadas, la pelea con el Rector por nuestra ausencia injustificada en los JUDEM. Fui orgullosamente el abanderado del colegio y siempre deje bien puesto el nombre del Instituto San Fernando. Gestos que se vieron reflejados, en los dos premios más importantes que me he ganado en mi vida: El de Valores Maristas, en Segundo Medio y el premio Hermano Isaías Puebla, que por representar fielmente los valores maristas y haber demostrado amor por el colegio.

La verdad, me costó valorar la importancia de aquellos premios. Recuerdo muy bien cuando llegue a la casa, un poco acomplejado por el premio de valores maristas. Le conté a mi madre y a ella le rodaron las lágrimas. Orgullosa de su hijo, la señora de las cuatro décadas eternas.

Sin embargo, al tiempo comencé a querer mucho más a mi colegio. A sentirme orgulloso de ser parte de una ideología, de una congregación que en su momento más primario y en su estado natural, es una congregación hermosa. Con un pensamiento actualizable y sin la carga negativa de los otros movimientos católicos.

Debo ser de los personajes más críticos de mi generación en relación a las directrices que tiene la Congregación y en particular mi colegio. Pero como siempre, para criticar hay que conocer. Y conocí lo bonito y lo feo. Me regocije cuando anduve en Alto Hospicio y puse, mi granito de arena para la construcción del undécimo colegio Marista en Chile. Y, sufrí cuando vi a tipos entrar a una cancha y no mojar la camiseta de su colegio.

No soy quien para decir como querer al colegio. Pero aprendan a valorar a los tipos que uno tiene al lado y las cosas que el colegio entrega. Porque no se conocen muchos Hermanos Raúl o Fernando en el mundo. Porque cuando se conocen otras realidades en San Fernando y en todo Chile, se valora mucho más lo que uno tiene.

Porque más allá de las críticas que uno puede tener con su colegio y con la ideología detrás del ser marista, es una idea noble la de Marcelino. Y un sueño que todos los que somos maristas debemos ayudar a hacer realidad. Porque ser buen cristiano y virtuoso ciudadano es comprometerse con la situación de la ciudad.

Porque significa salir de la burbuja de la “raza” marista que muchas veces nos construyen en el colegio. Es aprovechar todas las cosas que el colegio te entrega para ayudar a tu país. Y, de esa forma, aquella idea que nació en el lejano Rosey, cuando un idealista joven, pensó en los niños y la necesidad que todos conocieran que Dios les ama.

Y ahora, cuando quienes deben seguir su legado consagrándose al igual que él, están disminuyendo, es labor de todos, que ese sueño siga haciéndose vida. Porque es importante ser marista, debemos hacer de todos, independiente de la religión y el color político, buenos cristianos, y, por sobre todas las cosas, virtuosos ciudadanos.

Todos Para Uno y Uno Para Todos

Los personajes a quienes están dedicadas estas líneas, fácilmente podrían haber tenido una crónica personal. Pero, preferí hacer una conjunta para los cuatro, porque representan distintos momentos de mi vida, que están íntimamente relacionados. Son cuatro caminos sinuosos y disímiles que, inexorablemente, llegan al mismo final: amistad a ultranza.

Distintos caracteres y formas de ser. Disparejas motivaciones y estilos de vida. Diferentes recorridos históricos y valores. Pero todos con algo en común: ocuparon y siguen ocupando un importante lugar en la lista de las personas a quienes invitaría a mi fiesta de cumpleaños y que, en distintos momentos, han sido confidentes de todo lo que me pasa.

Las circunstancias de la vida nos juntaron. Y comenzare a describir mi relación con estos cuatro personajes, eligiendo caprichosamente el orden. Sin otra razón que el arbitrio de este humilde “escribidor”.


¡Te quiero, abuelo!


Athos: hombre de extremada valentía
y gran espadachín, de personalidad
reservada y modales refinados, además
de marcada afición al vino. Athos, cuya
verdadera identidad es la del Conde de la Fère,
guarda algunas sorpresas sobre su pasado
que lo atormentan.
(Es el mayor de los cuatro también en la novela)

Quisiera recordar la misma anécdota que recordé en la crónica que le escribí como regalo de cumpleaños y que en algún momento leyó y borré por circunstancias de las cuales no quiero acordarme. Empezaba algo así:

“1998. ¿Yo? Un simple lobato disfrazado de tropero a los tiernos 11 años. ¿Tú? Un ilusionado alumno de cuarto medio que a sus 17 años carga una mochila llena de sueños y decisiones por tomar. Chile vivía una de las sequías más crudas del último tiempo y viajábamos a la calurosa ciudad de Los Andes. Por supuesto, la conocida impuntualidad marista se hizo presente cuando esperábamos el bus proveniente de Curico. Horas esperándolo, protegidos solo por un pequeño techo durante el único día que llovió en San Fernando en todo el año”.

Durante el viaje hubo un incidente trivial y nimio, pero que sintetiza claramente el tipo de relación que hemos tenido. Aquel rutero que firmaba “Mi Senda” en los patios del colegio tomaba mi turco y lo volteaba escondiendo el lobo que tenía delante. “Usted ya no es lobato, ahora es tropero” me señaló.

Y así ha sido nuestra relación: un constante aprendizaje. Porque, aunque no parezca, detrás de aquellas bromas y discusiones, existe un sentimiento claro de respeto hacia una persona que, tiene más años, más vida y más experiencia. Aunque haya momentos que critique tu conservadurismo y no entienda tus actitudes. Aprendí a quererte y a trabajar contigo. A potenciarnos a favor de uno de mis máximos anhelos. Que los troperos que estén a nuestro cargo vivan algo de lo que vivimos nosotros como scout.

El 2006 terminó para nosotros con un distanciamiento y con una de las peleas más fuertes que he tenido con un amigo. “Lío de faldas” como dicen. Y aunque me dolió y sigo manteniendo mi postura respecto al tema, aplique el viejo concepto de que: “lo que no te mata, te hace más fuerte”. Y no seré yo quien juzgué finalmente, las actitudes de mis amigos, porque, como siempre dije, estos, no están para juzgarse.


El bicho raro

Aramis: Joven delicado, elegante y caballeroso,
muy amigo de Athos y Porthos,
lleno de aparentes contradicciones:
mosquetero sin vocación pero excelente
y temerario espadachín; siempre
a punto de profesar en el clero,
pero constantemente involucrado
en intrigas políticas y romances clandestinos.


El más díscolo del grupo. Un intrincado e indescifrable acertijo es conocer su personalidad. Y desde que se puso a pololear, es aún más difícil. Pero durante un tiempo importante, la vida nos juntó en San Fernando y nos transformó en confidentes.

Durante todo el año 2004, este personaje volvió al grupo scout. Se hizo cargo de la manada como toda la vida. Y dado esto, coincidimos en la visión crítica del grupo en el colegio. Y pusimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para cambiarlo. Eso, nos unió más allá de las reuniones del día sábado.

Dos incidentes se me vienen a la memoria en este preciso instante. No recuerdo el motivo ni el día, sólo que lo llame por teléfono. Y una voz desgastada y a punto de quebrarse, me contestó al otro lado de la línea. ¿Por qué será que uno siempre que a la otra persona le ocurre algo malo, lo llama con toda a energía del mundo?

No sé, sólo tengo claro que ese día, aquella imagen de hombre fuerte fue vencida por la pena de la muerte del gran y fiel Duncan. Su hijo, como le llamaba, había partido del mundo terrenal y junto con él se había llevado un pedazo de su corazón. Fui uno de los primeros en enterarme. No supe que decir en ese momento. Cuando logré descifrar, entre sollozos, lo que me quería decir.

El otro incidente, es aquella memorable reunión de evaluación – asado, después de uno de los campamentos más notables que pude asistir. Por el ambiente, por nuestra participación. Por todo. Pero, lamentablemente, se vio empañado por el ambiente enrarecido de aquel día. Todos querían figurar y lucirse. Ironizaron sobre la “relación” que tuvo Juan Luis en el campamento, con su polola presente y cuestionaron unánimemente mi feliz pololeo con Pamela, entregándole más presión de la que naturalmente tiene una relación amorosa entre un joven de 18 años y una “niña” de 13 primaveras.

El único que me apoyó en ese momento fue Juan Luis. Y eso, es una de las cosas que admiro de él: la consecuencia. Siempre y en cualquier lugar me apoyó. Fue el primero que me dijo que si tomaba la decisión de salirme, el se iba conmigo. Radical y consecuente. Y solidario, por sobre todas las cosas.

Han pasado casi tres años de aquellos tiempos. Y mucha agua bajo el puente. Y no sé si lo hice, pero, a pesar de todo, sigo agradecido de aquel gesto. Y tal como ese año, las mismas circunstancias que nos unieron, hoy nos distanciaron. Pero lo quiero, igual.




Don Juan Tenorio


D’Artagnan: Es el personaje principal del libro.
Busca transformarse en mosquetero.
Es bravo, audaz, inteligente,
ambicioso y buena persona.


Nuestro amigo capitalino. El galán. El Don Juan. Un amigo entrañable. Con el “Coté” tenemos una relación extraña. Porque es de esas que demuestran mucho cariño y preocupación por el otro. Pero puede pasar mucho tiempo que no sepamos el uno del otro.

Recuerdo fehacientemente que mi primera impresión de él fue un odio profundo. Esto se remite a cuando el muy infeliz ocupaba nuestra carpa mientras andaba “joteando” (para variar) a Camila Bahamonde, una dirigente de nuestro grupo que dormía en la misma carpa.

Cuando yo y Rodrigo queríamos descansar después del tercer día consecutivo que almorzábamos porotos, él descasaba pacientemente y nosotros debimos conformarnos con un roca que estaba algunos metros más allá.

Sin embargo, “Jote” es un tipo afable. Simpático. Muy agradable. En definitiva, querible. Y quizás por eso es que formamos una amistad a base de nuestra simpatía por Colo – Colo y por una suma de cosas que tenemos en común.

Recuerdo el día que volví a ponerme en contacto con él, después de mucho tiempo. Vía Internet concordamos una visita a mi casa. Todo desembocó en una continua juerga que, cada cierto tiempo, nos juntamos a repetir.

La verdad que a fines de 2006, para mí, hubo un punto de inflexión en nuestra relación. Porque él “andaba” con un niña, Daniela, en San Fernando. Y de golpe, sin proponérmelo, comenzó a gustarme de verdad. Eso al menos, sentía en ese momento.

Aquí vino quizás una de las contradicciones más vitales que he tenido durante estos veinte primeros años de mi vida: le cuento o no le cuento. El problema surgía en buscar el momento, la ocasión.

Pero la vida es sabia y a quienes actúan con la verdad siempre les ayuda un poco. Fue necesaria otra conversación virtual para sincerarme respecto a mis seudo – sentimientos. Y lo entendió perfectamente. No como una traición, sino como un acto de sinceridad. Contarle, para mí, fue una acción coherente y consistente. Y me lo agradeció, como buenos amigos que somos. Porque, cosas más, cosas menos, aunque nos separen kilómetros de distancia y nos veamos una vez al año, cada vez que eso ocurra, será porque la vida nos recordará que somos amigos. Y de los de verdad.


De los que luchan toda la vida



Cardenal Richelieu: Fue un prelado, noble
y hombre de estado francés. Codicioso y
hambriento de poder, además de recordado
por su mecenazgo y preocupación por el arte.
No obstante, considerado uno de los más
hábiles políticos de la historia de Francia.
Heredero de Maquiavelo y todo su legado.



Es el último de los personajes que he conocido, en términos temporales. Cuando recuerdo nuestro primer encuentro, en mis oídos retumba la destemplada voz del vocalista de Sexual Democracia diciendo “el maaaanque, el maaaanque, hijo de la montaña y el dolor…” La anterior fue la frase que sirvió como telón de fondo de mi primer encuentro con este gigante de un metro y 98 centímetros. En ese entonces, con un largo pelo rubio y un estilo que distan mucho del actual hombre que, por fin, terminó su carrera y que inicia un pujante camino por los sinuosos recovecos de “farandulandía”.

La segunda reunión tuvo lugar en mi casa cuando este personaje se apersonó en ella junto a su amigo Rodrigo, para observar un partido de Colo – Colo versus la Universidad Católica. Dicho partido sirvió para Pato acuñará la hoy famosa frase de “la carta Quinteros”. Un jugador del Popular llamado Ignacio Quinteros, que nunca entró dentro de mis gustos futbolísticos, para él era nuestra carta de triunfo. ¿Resultado? El Nacho abrió el marcador y a la postre bajaría una nueva estrella del cielo para sumarla al palmares del Eterno Campeón.

Casi sin proponérnoslo, la vida nos empujó a conocernos. El destino, en el que personalmente creo, nos obligó a compartir, a conversar y a descubrirnos. Descubrir nuestra igualdad de pensamientos, nuestra cercanía en cómo vemos la vida y finalmente, como la enfrentamos.
Debo reconocer que en un principio, para mí, Pato era un personaje lejano. Y no sólo por los casi 15 centímetros que me lleva de ventaja, sino también por su personalidad. Porque es un tipo que es muy amigo de sus amigos. Y como el mismo dice, el resto, a la mierda.

Como este último tiempo le he dicho a Pato, nuestra similitud, en último término, se reduce a intentar ser buena persona. Algo que en el discurso es muy valorado, pero en la práctica se reconoce pero no se demuestra. Quizás, por eso, le exigimos mucho a quienes están a nuestro lado. Y pocas personas entran en ese círculo

Fue durante el verano de 2007, cuando la vida nos juntó y nos permitió conocernos. Algo que ya venia generándose durante el año anterior y después del Campamento de Monte Oscuro. Lugar donde, entre paréntesis, conocí la punta del verdadero iceberg que eres como persona. ¡Mal pensado! No esa punta. Es en sentido figurado.

Durante esas largas noches de enero, o febrero, conocí a un personaje con quien compartí, desde partidos de fútbol hasta mis más íntimos secretos. No todos, por supuesto, pero en aquellas largas conversaciones noctámbulas, hablamos de lo humano y lo divino.

Nos parecemos bastante. Solo intentamos ser buenas personas, dentro de nuestros conceptos. Lamentable o afortunadamente, no sabemos ser de otra forma. La historia, a la larga, dirá si la vida nos premiará o no. Sólo tengo claro que por lo menos, la vida a mi me premió regalándome un amigo que me sirve para legitimar mi forma de ser. Para sentir que la pelea no la estoy dando sólo. Y para seguir dando vueltas en este mundo vertiginoso, que muchas veces me obliga a pedir que lo detengan porque me quiero bajar.

Muchas han sido las conversaciones, las presunciones y las especulaciones. Sólo tengo claro que la vida, a la larga, es justa. Yo no sé si nuestra forma de pensar es la que corresponde, porque las morales colectivas no existen.

Pero lo importante es que tenemos que seguir luchando. Porque como dice Bertold Bretch, “hay quienes luchan un día y son buenos; hay quienes luchan un año y son mejores; hay quienes luchan muchos años y son más buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, ESOS SON LOS IMPRESCINDIBLES”

Y siguiendo con esa lógica que hablamos acerca de nuestro afán de pelear por las causas pérdidas, créanme que, sin falsa modestia y por lo que nos han dicho, tú y yo, Pato, somos de los últimos.


Cuatro vidas, que desde su propia trinchera, y en momentos distintos de mi vida, han influido en mi, durante estos 21 años de vida. Cuatro colocolinos que llevan la pasión por vivir muy dentro del corazón. Cuatro personas que, con sus virtudes y defectos han sido “luz brillando en la oscuridad” como dirían Los Enanitos Verdes.
I
Son cuatro grandes amigos, con quienes, me construyo y, al mismo tiempo, me soporto. No se que tendrán ellos que decir de mí. Sólo sé que agradezco todas las veces que recibí un abrazo, un beso, una palabra de aliento. Agradezco conocerlos, compartir mi vida con ustedes. Porque, a pesar de todo, los quiero. Profundamente

Una amistad ejemplar y desinteresada

“Porque un amigo es una luz,
brillando en la oscuridad.
Siempre serás mi amigo,
no importa nada más”

Amigos. Los Enanitos Verdes



Originalmente, esta historia giraba en torno a una persona. Sin embargo, las vicisitudes de la vida, el destino y el tiempo, hizo que esta se construyera en relación a una familia completa. Aquella familia que me acogió desinteresadamente, justo en el momento en que más lo necesitaba.

Hace cerca de 15 años que conozco al personaje que me hizo conocer a esta familia, que en sus inicios estábamos más bien separados o alejados en el curso. No coincidimos en el grupo de amigos en los primeros años. Probablemente, porque el destino nos tenia reservado para el futuro, una amistad particularmente importante.

Por ahí en primero medio, no recuerdo muy bien por qué, pero luego de una encarnizada lucha en scout dado que éramos de patrullas distintas, lo invite a almorzar por primera vez a mi casa, dado que teníamos que volver en menos de una hora, al colegio para hacer educación física.

Y comenzaste a conocer a mi familia. Esta familia que se juntaba físicamente sólo el día que tú ibas a mi casa. El único día que almorzábamos juntos en la mesa. Y en ese mismo sentido, te incluiste en ese circuito. Todo eso duró hasta que, la vida y tus sueños, nos separaron y te llevaron, a los Estados Juntos.

Desde allá, nos hiciste saber a mi y a mi familia, lo importante que éramos, para ti. No pasó un mes en el que no nos llamarás desde el lejano y frío Estado de Minessota. AL año siguiente, llegaste a Chile y una de tus primeras actividades fue ir a visitarme. Lastimosamente no estaba. Pero el gesto, siempre fue notorio.

Sobre todo, en una persona que le cuesta tanto expresar sus afectos. Aquella persona para quien pocos somos importantes. Y quien no lo crea así, recuerde o pida que le cuenten aquella anécdota titulada “Alexis y sus cinco amigos”.

Y todos esos incidentes, nos hicieron ser muy amigos. Porque aun cuando tu pasaste a ser más carretero y que generalmente, nuestro grupo de amigos, con los que nos vemos todos los fines de semana, no coinciden. Siempre vamos a vernos, siempre nos llamamos. Siempre estamos en contacto.

Esa es mi historia con Alexis. Pero sería demasiado injusto si me encierro solamente en él. Porque aun cuando él probablemente sea el primero en leer esto, hay toda una familia detrás que me acogió con los brazos abiertos. En el momento más difícil que hemos vivido como familia, y yo en particular.

No creo que haya sido por una suerte de deuda, sino porque simplemente les nació. Tal y como en el pasado a mi familia le nació invitarte a almorzar o cuando me despertaste porque necesitabas llamar para bloquear las tarjetas de tu padre, porque te habían entrado a robar en la camioneta.

Y digo familia completa, porque, sólo como ejemplo, conocí muchísimo más a un tipo, que por naturaleza, es retraído. Y que me acogió también con los brazos abiertos. Y quien quizás podría fácilmente haberse hecho el desentendido.

Antonio, tu hermano, es una persona increíble. Tiene una capacidad de tranquilidad para enfrentar la vida, que creo que tú y yo, envidiamos. Y ahora, durante este semestre que viví con ustedes, aprendí a conocerlo. Y de verdad, a considerarlo como un amigo.

Y así, todos los integrantes de tu familia, de una u otra forma, fueron importantes para mí en aquellos duros momentos. Tus padres, solventaron mis gastos de alojamiento y comida en Santiago, durante ese semestre.

Entonces como te decía, sería injusto no agradecerles a todos en este instante. En que espero estar viviendo bien con mi padre. Porque eso quiero que lo tengas claro. Les estaré eternamente agradecido. Porque me ayudaron, desinteresadamente, en el momento de mayor dificultad.

Contigo, como decía en un comienzo, tengo una amistad de años. Que comenzó a fortalecerse en aquellos campamentos en que tu ibas a cocinar y yo era tu seudo – ayudante de cocina. Eran tardes enteras, sin mucho que hacer, más que conversar.

Y eso, hubiese bastado, para que aparezcas en estas veinte historias. No obstante, tu familia, también se ganó ese espacio. Y hoy, cuando celebró, un nuevo año de vida. En el día que espero sea de los más felices que recuerde, quiero simplemente, darles las gracias.

Por todo lo que hicieron por mí. Y por, sencillamente, hacerle honor a esa amistad que tanto tiempo nos unió. Teniendo la certeza, de que yo hubiese actuado igual, contigo. Porque nuestra amistad, fue siempre así, Desinteresada. Sin pedir nada a cambio.

La lógica que siempre he querido seguir con las relaciones inter – personales. Como dice el dicho popular, hoy por ti, mañana por mi. Y que pocas veces he logrado. Pero que cuando yo tenga hijos, y tu seas un gerente exitoso de algún retail, y ellos me pregunten que es lo que es la amistad, créeme que les daré nuestro ejemplo. Y estoy seguro, que a ellos, les quedará clarísimo.

Amistad a Primera Vista

Hablando de cerca, no podemos
olvidar a amigos distantes, aquellos
que están en la punta de las ramas y
que cuando el viento sopla fuerte
siempre aparecen entre una hoja y otra.

El árbol de la amistad. Autor desconocido



Esta historia se inicia hace algunos años ya. Sería preciso señalar que comenzó algún día de enero del año 2003. El escenario, podría haber sido extraño. Pero nos conocimos en Picarquín durante el Campamento Escolar llamado Hueniucan.

Fueron aquellos niños, los culpables o los responsables, según la óptica que se mire, de que yo y Jorge Ravanal nos hayamos conocido. Recuerdo, como si fuera ayer, el primer incidente que tuvimos. Íbamos todavía en aquel bus, que nos llevaba al lugar de ese campamento.

Jorge, iba sentado en el primer asiento, debajo del televisor del antiquísimo bus que nos llevaba al camping de San Francisco de Mostazal. Cuando llegamos al sub – campo que nos correspondía, y junto a mis correligionarios de la Ruta bajábamos, divise un tipo, hasta entonces desconocido, que se pegaba so cabezazo, con el televisor.

Esbocé una sonrisa que se transformó en carcajada cuando aquel hombrecillo, señaló: ¡Chuuuu, se me quedó algo! Ese entonces fue la primera vez que nos vimos. Fue una anécdota, tragi – cómica. Un paso en falso para cualquier persona, pero nos sirvió para conocernos. O tener tema.

Después, fue una relación eminentemente laboral. Él, el encargado de la “prevención de riesgos” lo que le valió el apodo del cual el hace tanto tiempo quiere escapar, Segurito. Yo, el “tío comodín”, que apoyaba a todos y a nadie.

Pero, como siempre, nos unieron las mujeres. A él, le eclipsaba la sonrisa e ingenua belleza de la Cata Maturana y a mí, el incipiente primer noviazgo, nos comenzaron a contactar e intercambiar ideas y anécdotas.

Recuerdo perfectamente aquella tarde, que creo era de las últimas en el campamento, en que le pediste a un niño que recogiera a través de todo el camino flores, aparentemente para que yo se la regalara a la Melissa. Una actitud que claramente me sorprendió.

Y hubo una pregunta que desde ese día me recorre la mente pero que creo que nunca te hice y si te la hice, nunca tuve una respuesta certera. ¿Por qué hiciste eso si apenas nos conocíamos?

Y desde aquel lejano año 2003, que somos amigos. Comenzamos a conocernos. A reírnos juntos. La vida nos comenzó a juntar y a recorrer los mismos lugares y frecuentar los mismos círculos.

Mis amigos, se transformaron en los tuyos. Mi casa, fue también la tuya. Como a casi todos mis amigos, mi casa se transformó en centro de reuniones y tertulias. Recuerdo aquellos momentos en que carreteaba con mis amigos, Pansho te iba a buscar y te dejaba carreteando con nosotros y él se iba.

Aquellas largas madrugadas, donde nacieron los “gastos” fijos, navideños, etc. Y fueron esas mismas madrugadas las que nos tenia reservado un estúpido asalto cuya versión completa quedó sólo en tu memoria y en la mía.

Supongo que la nuestra es de esas historias en las que basta una mirada, una actitud o pocas palabras para que sintamos que la nuestra era una amistad de verdad. Sincera y profunda.

Porque no te conozco de toda la vida, como a Felipe y a Pansho. No compartíamos suficientes actividades como lo hacía con Juan Luis y Rodrigo. No fuimos compañeros de curso como con la Marce, la Piera y Alexis. Pero igualmente somos amigos.

Ayudé, junto a mis amigos, a derribarte el mito de que los “niñitos de los Maristas” éramos agrandados, “hijitos de papa” y tipos que mirábamos por encima del hombro. Luego conociste, probablemente, a una de las personas más especiales en tu vida, que es una de mis amigas más importantes. Y por ende, te acercaste mucho más a mi vida.

En definitiva, si lo pensábamos antes de ese campamento, probablemente no apostábamos por la amistad que hoy tenemos. Porque, aun cuando hoy nos veamos poco y seas mas amigo de Pansho que mío (es broma, ¡eh!), sigo considerándote mi amigo.

Somos de épocas distintas, aunque todavía suene a broma. Veníamos de mundos distintos y de historias de vida distintas. Pero hubo algo que nos unió. Ese mismo algo, que produce que nos conozcamos hace sólo cuatro años, y haya pensado en ti, para escribir esta historia y no en algún personaje que conozco mucho más tiempo. ¿Y sabes por qué?

“Seguritamente” porque no necesitamos tiempo para que esto sea de verdad. Simplemente se necesita autenticidad. La autenticidad que demostraste en aquel cabezazo en el bus y durante todo el campamento, para confiar en un tipo que apenas conocías, para hablarle de tu vida. Porque lo nuestro fue, amistad a primera vista. Aunque suene gay.

Desde El Día En Que Nací...

Laureles deja por todos los caminos,
que virilmente luchando conquistó,
antorcha inmensa de gloria es su destino,
que alumbra siempre con fuego de campeón.

Himno de Colo - Colo



Esta historia, debe ser de las pocas, que no hacen referencia a personas o actividades. Prácticamente, es la más intangible de todas las historias, porque, como dicen mis amigos de la Garra Blanca, es mas que una pasión, es un sentimiento.

Injusto sería con la historia de Colo – Colo, plagada de alegrías y triunfos, en rescatar una historia que represente esto a lo que hago referencia en el párrafo anterior.

Sin embargo, quienes lean esto y tengan solo un poquito de recuerdos futbolísticos, coincidirán conmigo en algunos pasajes en que Colo – Colo traspasó las barreras del fútbol chileno. El primero de ellos, es evidentemente la Copa Libertadores de América del año 1973. Se llegó a la final, se perdió ante un gran equipo. Pero si al Gringo Neff no lo hubiesen metido con pelota y todo dentro del arco, quizás seríamos bi – campeones.

Lo mismo ocurrió el año 1991. Allí, eso sí, se ganó la Copa en la semi – final. Contra Boca Juniors, con aquel recordado golazo de Marcelo Barticcioto. Y otra vez, el pueblo colocolino fue más de la mitad más uno que es, regularmente.

El último instante fue la última Copa Sudamericana. También caímos ante un gran equipo. Pero dolió como aquella vez contra Independiente de Avellaneda. Esta vez, la Copa se miraba pero no se tocaba.

Han sido tres momentos que viví de diferentes formas. La primera de ellas, no estaba vivo, pero en la historia he entendido como una vez más los arbitrajes ayudaron al equipo grande. La segunda, con mi padre en el Estadio Monumental y yo grabando el partido histórico contra Olimpia del Paraguay. El tercero, la sufrí con mis amigos.

Pero, indistintamente, sea el partido más importante o el más intrascendente, siempre que juega Colo – Colo, me pongo igual de nervioso. Me como las uñas, me pongo ansioso. Recuerdo que hubo un año, en que Colo – Colo terminó séptimo y octavo. Más encima, fue el año que la salió campeona. Y las vicisitudes de la vida los enfrentaron en el último partido.

Era el Colo – Colo de Fernando Morena. El mismo tipo que de un cabezazo enterró los sueños de Cobreloa de ganar la Copa Libertadores. Con aquel gigantesco jugador brasileño llamado Marquinho. La historia recordará ese partido por dos cosas. Porque fue el día en que celebro la “U”, su campeonato y por el baile que de la mano de este carioca que no rindió durante todo el torneo, le dio a su archirrival, el Eterno Campeón.

Y recuerdo que al otro día, a pesar de que ese año, la campaña del Albo fue un fracaso, viví, en carne propia, la frase que popularizó el Zorro Álamos. Al otro día, el café fue más dulce y la marraqueta fue más grande.

En esa frase, se resume la pasión por un equipo de fútbol. Porque da lo mismo en el momento, pero, siempre que Colo – Colo gana, me cambia el genio. Y, sin ir más lejos, lo viví en el Estadio Nacional, hace algunos días. Cuando pase 85 minutos atornillado, casi acalambrado, al asiento.

Hasta que apareció, el “Grillo” de la buena suerte, que nos dio la alegría de clasificar a la siguiente ronda de la Copa Sudamérica y , además, una marraqueta más grande y un café más dulce.

I
Nunca he entendido muy bien la pasión por un club de fútbol. Pero lo que tengo claro es que existe. Y la vivo en carne propia. Porque, como dice la canción de la Garra Blanca que más me gusta, “de blanco fue de que nací y de blanco me voy a morir"

¿Quién Dijo Que Las Segundas Partes No Son Buenas

Sé feliz por lo logrado, por
perseguir tus sueños,por tus
nobles sentimientos. Sé feliz porque al
caerte puedes pararte de nuevo,
por disfrutar el presente o por usar tus talentos.
Y si nada de esto es suficiente para sentirte contento,
pues se feliz simplemente porque has decidido serlo.

¿Te acuerdas de esa frase?


Amistad es un concepto que, en general, produce más de alguna suspicacia cuando se da entre un hombre y una mujer. Sin escapar a ese prejuicio, mi grupo de amigos tenía serias sospechas acerca del estatuto de la relación que mantenía con ella. Pero había algo en lo que no se equivocan y es que el personaje que motiva estas líneas, ocupa un lugar importantísimo en mi vida. ¿Las razones? Espero dejarlas claras, a continuación.

La primera de ellas dice relación con lo complejo de su personalidad. Conversar con ella siempre es un desafío. Y yo, general o más bien guaripola de las causas pérdidas y de los desafíos imposibles, me encanta enfrentarla. Intelectualmente es una persona poderosa, aún cuando muchas veces no sepa canalizarlo de buena manera.

La segunda, se refiere a esta sinceridad que desborda su personalidad. Esa personalidad, que cae mal en muchas partes, pero que personalmente agradezco. Esa independencia, que a una persona “conservadora” como yo, podría complicar y hasta aborrecer. Pero no se muy bien por qué, pero siento que me enseño a ser un poco más progresista. O menos anticuado o retrogrado dirán algunos. Como ustedes quieran.

La tercera razón que me gustaría enumerar aquí y quizás la más importante, es, al mismo tiempo, el momento más doloroso en esta corta pero intensa amistad. Dice relación cuando ella, me reconoce, hidalgamente, que se había acercado a mí por interés. Un interés que se basaba en su perdido amor hacia un amigo mío, mi mejor amigo.

Recuerdo como si fuera ayer el lugar y la situación. El contexto y todo. Olimpiadas Maristas del año 2006, en San Fernando. Un tarde fría de octubre, mientras los deportistas llenaban los pasillos del Instituto San Fernando, la gélida bofetada que me pegaba el reconocimiento a mi ego y finalmente, a mi corazón y a mis nobles sentimientos.

En mi vida, he descubierto que soy un ser humano de sobremanera pasional. Y digo pasional, en el sentido más estricto de la palabra. Soy un personaje que todas las cosas que hago, la siento en el fondo de mi corazón. Porque me apasionan. Porque todas las relaciones que empiezo, de cualquier tipo, intento vivirlas al 100 por ciento y eso me hace vulnerable a este tipo de atentados contra la amistad.

Mucha gente, entre las que se incluye el personaje al que estoy describiendo, le tienen miedo a conjugar el verbo perdonar. En lo personal, siento que es una palabra que enaltece a la gente. No estoy diciendo ninguna novedad, pero quien es capaz de perdonar y de pedir perdón, creo, es un hombre y una mujer con el corazón bien puesto. Es digno de hombres y mujeres de verdad.

Según mi humilde y todavía novel concepción de la vida, perdonar significa recordar sin rencor. Y ese es el registro en el que funciono cuando me encuentro con hechos tan dolorosos como el narrado anteriormente. Y siento, sinceramente, que hoy lo puedo recordar sin rencor.

Porque como le dije a ella en su momento, ese acontecimiento, si bien marcará de manera indeleble nuestra relación, sirvió de excusa para que nos hiciéramos amigos.

Creo que los amigos no deben juzgarse. Deben decirse las cosas pero no juzgarse. Y esa medida, yo nunca juzgaré el hecho que nos acercó. Lo que si juzgaré, es la cercanía que tenemos hoy. La amistad incondicional que me demostraste, en los momentos difíciles que viví, justo cuando estas líneas comenzaron a tomar forma.

Y lo que también juzgaré, es que me sorprendiste. Fuiste capaz de re – establecer la confianza que se había quebrantado ese día. Me convenciste de ser tu amigo. En cierto sentido, me re – conquistaste. Con o sin esa intención, da lo mismo. Lo que importa es que somos amigos y de los de verdad. Amigos entrañables, que pase lo que pase, nunca se separarán. Porque su nombre estará escrito con mayúscula en el corazón del otro. Pase lo que pase.

Te pido por favor, que no me hagas tragar estas palabras. Y que alguna vez me demuestres que no estoy peleando solo y que alguien será capaz de valorar, en la justa medida, lo que le entregué. Dios nos dio esa oportunidad. Y así como me ayudaste a enfrentar este “problema”, ayúdame a no desaprovechar esa oportunidad. Por favor.

Apología a La Amistad entre Hombre y Mujer

El tiempo creció nuestra amistad.
Me consolaste cuando estuve triste.
Me acompañaste en situaciones difíciles.
Compartimos risas y llantos.
Cuando estuve a punto de caer,
me sustentaste.

Amiga Mía. Autor desconocido


Dos almas libres por naturaleza inspiran las líneas que a continuación escribo. Dos personajes parecidos, pero, al mismo tiempo, tan diferentes. Dos personajes, que casi sin proponérselo, marcaron a fuego una parte importante de mi vida.

Lo primero que siento necesario hacer, es una justificación de por qué han sido descritas juntas, si son tan distintas. La verdad, sólo puedo decirles que es por un tema temporal, es decir, porque aparecieron y fueron centralmente importantes en el mismo momento de mi vida. Vale la pena decir, que aparecen en estas líneas, porque, de una u otra forma siguen ocupando un rol importante en mi deambular por la carretera de la vida.

Se que ambas, me dirán cuando lean esto, que soy FOME y LATERO, cosa que se esmeraron durante mucho tiempo de refregarme en la cara. Pero se que me aprendieron a querer así, y se sentirán orgullosas de que este humilde “escribidor”, las siga teniendo en su corazón (cursi, ¿no?)

Corría el año 2003. Felizmente (al menos eso sentía en ese momento) pololeando con mi querida amiga Melissa. Ellas, durante el año anterior, se transformaron lenta y paulatinamente en mis mejores amigas. Nos aprendimos a conocer y a complementar. Ese año, cuando se produce el primer de los miles de quiebres que posteriormente tendría esa relación hay una escena que me quedó grabada.

Porque yo me sentía acongojado. Ahogado y, por sobre todo, impotente. De no poder hacer nada para recuperarla, ni menos para sacarla de mi corazón y de mi cabeza. Estábamos en la casa de Marcela Fernández (Marce). Estudiando no se que cosa. Y reventé.

Lloré y lloré. Y ellas, intentaban infructuosamente consolarme. Me apoyaron. Me escucharon mil y una veces. Como olvidar la famosa y nunca bien ponderada, “teoría de la piedra”[1] que Pierangella Pietrantoni (Piera) esgrimió. Hasta hoy la recuerdo y la aplico, cada vez que puedo.

Eso, nunca lo olvidaré. Porque para una persona que le cuesta abrirse sentimentalmente y que rara vez contó sus intimidades hasta ese momento, es muy importante, que con claridad y a veces con dureza, le digan las cosas. Tal y cual son.

¿Cliché científico?

La Marce. Primeramente es un persona, por decirlo menos, especial. Es muy difícil, entenderla, fuera de su lógica, e incluso es difícil entenderla dentro de ella.

Sus intereses, sus motivaciones, cambian de un momento a otro. Hay que conocerla. Y quererla así. Las estructuras y el sentido común no existen en su forma de actuar.

La antítesis clara de mi personalidad, conservadora, estructurada y ortodoxa, es la suya: liberal, desorganizada y vanguardista. Siempre, me he preguntado la verdad por qué somos tan amigos. Y para no caer en el cliché científico, de que “los polos opuesto se atraen”, quisiera retratarlo con un detalle. Quizás para muchos una anécdota. Pero para mí, la demostración de una amistad real.

Año 2004. Yo me iba del colegio, con la presión por el suelo. Y apenas divisaba a mis compañeros. Entre ellos, estaba ella. Yo dormí un poco, me estaba recuperando. Suena mi celular. Marce Fernández, decía la pantalla.

Un minuto de su celular, que gastó en mí. Mucho para una persona que tenía plata en el teléfono una vez al año. Quizás dos o tres. Un gesto que no recuerdo si a alguien se lo comenté, pero me sacó más de una lágrima. Que, me demostró que había una amistad demasiado importante.

Y ahora, tres años después, de aquel hecho, sigue ocurriendo lo mismo. De cuando en vez y de vez en cuando, mi celular vuelve a sonar. Otra vez con su nombre o un número de Santiago. Sólo sé que, no necesitamos nada más que eso. Una llamada, un correo electrónico o señales de humo. Sólo eso, para que tres o cuatro veces al año, revivamos por algunas horas, la hermosa amistad que tenemos.

De verdad, si alguien alguna vez me preguntará la definición de amistad, yo la encerraría en un nombre: Marcela Fernández. Porque digan lo que digan de ella, conmigo ha sido un siete. Y quizás me quedó corto.


La cotidianeidad de una amistad

La Piera. Llegó desde Santiago y ahí, por primera vez descubrí, que no estaba equivocado. Porque era la única persona que con los mismo quince años que tenía yo hasta ese momento, se reía de lo mismo que yo.

Una personalidad igual de imponente que su inteligencia (¡No es irónico lo de personalidad!) Emocional y estudiosamente inteligente. Podía hacer de todo y cualquier cosa le salía bien. Y con gracia.

Atractiva personalidad. Que más allá de una simpatía extremadamente sensual, hacen de ella una bomba de mujer. Una caja de Pandora.

Y eso, siempre me atrajo de ella, De esa persona que se me declaro por el MSN. Aquellos incidentes tan característicos de su ajetreada forma de vivir, como aquel de la Parada Militar, donde su ex – novio participó. Lo llamó su novio, en circunstancias que hacía menos de 72 horas, que tenía nuevo novio. Una persona, que a mi entender, esta marcada por la estrella del éxito. Una fuerza mental envidiable. Simplemente ella.

Debo reconocerte, por primera vez quizás, que siento que tengo una deuda contigo, que no sé si podré saldar alguna vez. Ocurrió cuando supe de la muerte de tu padre. Responsabilidades académicas me impidieron estar contigo más tiempo, como tú lo hiciste cuando terminé con la Melissa. Y no me lo perdono. Te pido mil disculpas por eso. Porque contigo se cumplió uno de mis máximos temores cuando entré a la Universidad: no estar cuando alguien a quien yo quiero me necesitará. Sentí que no te pude acompañar. Que no estuve allí.

Es extraño pensar que estoy escribiendo esto. Pero, tú fuiste muy importante, en la cotidianeidad de mi vida. Fue el día y día. Lo “normal” y habitual, eso que a ti tanto te molesta, lo que nos hizo amigos. Las pruebas de Historia y Biología, las discusiones filosóficas y estructurales de la vida. Los carretes, las bromas y las conversaciones nimias y triviales.

No quise extraer ningún momento en especial. Porque, contigo, todos son especiales. Podemos dejar de vernos mucho tiempo, pero, cuando lo hacemos, revivimos aquellos momentos. Una palabra, un gesto. Una mirada y una sonrisa. Eso es necesario para sentirte cerca. Para recordarme, que, en muchos años más, alguna cátedra en la Escuela de Medicina de la Universidad Católica, será dictada por la prestigiosa Doctora Pietrantoni. Mi amiga personal.


[1] Teoría de la piedra: Paradigma que implica la necesidad imperiosa que tendría en algún momento el despechado o despechada, de golpear con una piedra a su odiada ex – pareja. En palabras simples, querer cruzar en la calle y sacarle la conch… are. ¡Perdón Señor Juez!

De paz, simpleza y deudas

Tapas tus tristezas,
al compartirlas conmigo.
Juntos reímos, juntos lloramos,
guardando los cristales en el
bello lugar dorado dentro del corazón.

La esencia de tu amistad. Autor desconocido


Quisiera dejar fluir libremente mis pensamientos, cual escritor surrealista, para escribir las líneas que describen a este personaje que conocí hace casi un año.

Mujer. Y mujer chilena, como dirían en S.Q.P. Mujer que tiene todos los argumentos necesarios para conquistarme, para seducirme, y para resultarme atractiva. Todas esas cosas las ha logrado, pero con algunos matices.

Linda, tierna, guapa, simpática y gran sentido del humor. Una seductora innata. Las cosas en nuestra relación, simplemente fluyeron. Como estas líneas. Fuiste la primera con la que conversé temas trascendentales, ese año, el 2006, en el retiro de Semana Santa.

Sin embargo, es mi amiga. Una gran amiga, que, siempre me escucha y me da consejos. Y como para mí, la vida esta hecho a base de detalles, ella sería algo así como un permanente detalle. Y no por la poca importancia que tiene en mi vida, sino que se preocupa de las cosas que no todos se preocupan.

Amiga de sus amigos. Y de los no tanto, también. Porque tiene la bondad alojada en su corazón. Bondad que lleva a las personas lejos. En sus ojos, brilla y sale la inocencia que en su corazón habita todos los días y en todas sus acciones.

Han pasado 379 días entre aquel frío y tímido saludo en el patio de mi colegio y el día de hoy, cuando escribo esta crónica. Más bien, su borrador. Y en mi cabeza solo se dibuja aquella sonrisa “eclipsante”, que me imposibilita enojarme con ella. Aquella persona que hasta los errores los comete con bondad. Porque, como dirían en tu querido Nilahue, “eres buena de adentro” (con estilo campesino).

Una persona de alma honesta. Transparente. Porque aun cuando algunos lo dudan, no sé si tengo algo especial o soy muy ingenuo pero siempre siento que me habla desde la verdad.

En Santiago, hoy es un frío día de abril. El viento eriza la piel y, al mismo tiempo, la penetra inexorablemente. El mismo frío que nos erizaba la piel aquella noche en la casa de Matías Escudero. Quizás, nuestro primer encuentro personal. Nos empezábamos a conocer, fuera de los roles de monitor intentando ser serio y aquella linda niña de sonrisa permanente.

¿Saben? Hay una cosa, que desde el primer día, hasta hoy, me fascina de su forma de ser y de encarar la vida: la simpleza. Si lo quieren mirar así, es un poco de envidia. Sólo que lo simple que eres, contrasta con la complejidad que muchas veces le otorgo a las cosas. Generalmente, sin importancia.

Eres una especie de cable a tierra para mí. Porque esa simpleza me tranquiliza. Me da, lo que dice tu segundo nombre, o primero, no lo sé: PAZ. Y, de vez en cuando, necesito tomar ese cable a tierra. Para que me ayude a descansar de lo complejo que aparenta ser mi vida.

Quizás lo único que podría decirle a través de estas líneas, es que ojala puedas, por alguna vez en la vida, creerte el cuento. Sacarte de encima todas las presiones y temores, y pensar que si eres capaz de lograr las cosas. Yo creo que es un poco de comodidad, pero que, necesitas quitarte, para poder cumplir con tus propias expectativas. No con las del resto.

Es esa simpleza en la vida, esta lo que muchas veces te juega en contra. Porque, por comodidad, no te arriesgas ni te complicas más de lo necesario. Y, lamentablemente, no todo el mundo funciona así. No sé si tu y yo, somos adelantados o atrasados a nuestra época. Lo que si sé, es que como te dije una vez: me gusta ser así.

Espero que al pasar de estas líneas, te haya quedado más claro lo importante que fue para mí conocerte. Como te escribí en el mensaje de texto que recibiste en algún minuto. Durante este año, me has entregado muchas más cosas que las que me entregaron personas en décadas. Y, mientras pueda ayudarte, lo voy a hacer. Aquí, en diez o en cincuenta años más, seguiré teniendo una deuda que saldar.

Porque tendría que escribir mil ensayos y extender esta crónica hasta el infinito para agradecerle a Dios, por haber cruzado nuestros caminos. Y para que sean equivalentes al cariño que siento por ti. Te quiero, Naty.

Una vez Scout… Siempre Scout

Por mi honor prometo,
hacer lo que de mí dependa,
para cumplir mis deberes
con Dios y La Patria,
ayudar a los demás
en toda circunstancia
y vivir la Ley Scout.

Promesa Scout



Acabo de llegar de mi campamento de invierno. Por tercer año consecutivo, el escenario fue Puente Negro. Pero, a diferencia de los dos años anteriores, este traerá muchos más coletazos de los que me podía imaginar.

Difícilmente olvidaré esta parte de mi vida. Y es aún más difícil plasmar en estas líneas, las razones de por qué llevó once años participando en un Movimiento como este. Es de suyo complejo, para mi, incluso enunciarlo oral o mentalmente; mas aun, hacerlo por escrito.

Como ya se dieron cuenta, esta historia tiene que ver con el Escultismo. Aquel movimiento, para el cual este año es más que simbólico. En unos días más, el primer día de Agosto, se cumplirán exactamente 100 años de aquella noche en el nuestro fundador, Robert Baden Powell, selló aquella promesa en la Isla de Brownsea, con los primeros muchachos que le dieron vida a lo que en su cabeza todavía estaba en pañales.

Y para mí, también lo es. Porque cuando salga a la luz este libro, quedarán poco más de dos meses de participación en lo que podríamos llamar, espero, mi primera etapa en el Movimiento Scout.

Siete años como beneficiario. Y casi cuatro de dirigente. Muchas historias que contar que podrían graficar la importancia que tiene el Escultismo para mí. Pero creo que hay una, que es paradigmática respecto de mi relación con este movimiento. Tenía cerca de 13 años. Se acercaba por primera vez, un campamento de verano en el mes de enero. Coincide con el campamento en el que Felipe, mi hermano de facto, no podía ir dado que estaba en cama con una fractura.

Entonces, el tedio y la desidia de la pubertad se apoderaban de mí. Además no estaría mi partner, hasta ese entonces, mi único partner en el Movimiento. Así que le solicite a mi madre que mintiera para que excusara respecto de mi asistencia a ese campamento. La historia es la clásica. Basto medio día de ausencia en el campamento, para que me hirvieran los pies por viajar a Aguas Frías. Y ahí noté que al Movimiento, al cual entré cuando tenía 10 años más por estar con mis compañeros de curso, le había tomado cariño.

Cariño que se transformó en pasión durante mi última etapa en la Tropa y el año y monedas que viví en la Ruta. Ir conociendo el sustrato teórico, político e ideológico del Movimiento, hace apasionar a cualquiera. Y por supuesto, a mí también.

Cuando conoces la ley, la promesa y todo lo que hay detrás, se transforma en un vicio. Cuando conoces a gente tan admirable como Sergio Merlo y Raúl Gallardo, reconoces un espejo para llegarle aunque sea a los talones.

Hoy la historia es distinta. Llevó cuatro años como dirigente de la Tropa y hoy ocupó el mismo lugar que ocupaba cuando yo era beneficiario, el gran Hugo Cárdenas. Luego de este tiempo, creo que es necesario hacer un alto en mi historia del Movimiento, que es mas por necesidad que por otra cosa, Pero siempre pensé que mi tercer año de la U. sería mi tope. El tope sano, y necesario, creo.

Por varias razones. La principal, cansancio. El desfallecimiento propio de luchar siempre contra la corriente. Creo que no existió año en que no me gastará en discusiones por causas pérdidas en el grado de autoritarismo y dictadura presente en el Grupo. Con ello, siempre chocaba.

Además tiene que ver con dar un paso al costado, en pos de los niños y que obtengan algo mejor. Y sobre todo con preocuparme de las largas 600 horas de prácticas que la Universidad me pide para graduarme y transformarte en mi principal sueño: periodista.

No creo que sea hora de evaluaciones. Sólo es momento de dar un paso al costado. Después, la historia y los propios niños juzgarán si deje algo en aquellas actividades, en las que, sin lugar a dudas, puse todo mi corazón.

Sólo espero que ese esfuerzo haya alcanzado para cumplir mi gran objetivo. Que quienes hoy ocupan el rol de beneficiarios, alcancen a vivir algo, de lo que maravillosa que fue mi época de beneficiario. Con muchos compañeros de curso, miles de anécdotas. Arroz sin sal y patrulla Puerco incluidas.


Respecto al Escultismo, tengo un sueño. Trabajar con niños de escasos recursos y en riesgo social. Salir del grupo ABC1 en el que estoy metido y llegar a trabajar con niños comprometidos, necesitados de alguien que les de una alegría distinta a los difíciles momentos que día a día viven en sus casa. Pero eso será en mi segunda etapa. Que sueño vivir.

Y que ya con el Nivel Básico, quisiera reencontrarme con una pasión, con uno de mis vicios. Sólo Dios sabe si lo lograré. Si no es así, me voy conforme. De haberle puesto el corazón. Como en todas las cosas que hago y me apasionan. Me voy sólo en la práctica, porque como dice el dicho, ¡UNA VEZ SCOUT, SIEMPRE SCOUT!