viernes, 14 de septiembre de 2007

Simplemente Pame

“Pero el amor se viste,
de lino y de franela y
cada día que pasa,
yo me enamoro de ella”

Me enamoro de ella. Juan Luis Guerra

“Comparto el centro de mi juventud,
con el final de tu niñez.
Son dos etapas que al azar,
se unieron para derrotar, al tiempo”
Son para ti. Sierra Maestra



Es difícil escribir algo para y sobre esta persona, que es tan importante en mi vida. Porque, por la misma razon, le he escrito mil veces y quisiera que esta fuera la historia perfecta. Perfecta, como nuestra relación. Porque evidentemente hubo errores de ambos lados y problemas. Pero, como te he dicho alguna vez, es el prototipo de relación que quise tener y ahora, puedo decir orgullosamente que tuve.

Probablemente, esa es la razón por la que recuerdo, como si fuera ayer, todos y cada uno de los incidentes acaecidos durante todo el tiempo que he estado en contacto con esta pequeña mujer de 16 años. Para muestra, algunos botones

Primera reunión de apoderados de mi último año en el colegio. Yo, salía de un entrenamiento de fútbol. Y me encuentro con ella. La mujer que desde ese día robó mi corazón y nunca más me lo ha devuelto. Conversamos largamente, aún cuando yo debía estar a esa hora, en casa de mi Nany (mi abuela materna).

Conversamos de lo humano y lo divino. Y como siempre, casi sin proponérnoslo, quedamos “cosidos a la misma estrella”. Me dio el número de su teléfono móvil. Y comenzamos un juego, un hermoso juego que terminó en el amor más profundo y sincero.

21 de Mayo de 2004. Tomando once en casa de mi Nany. Y de pronto, acostado en la cama, suena mi celular. ¿Código? 72. Teléfono de Rengo. ¡Aló! ¿Con quién hablo? Después de un minuto en discusión, al otro lado de la línea, me dicen su nombre. Cristina, la mejor amiga de este personaje.

La conversación fue larga y a ratos inútil. Lo único que saqué en limpio era que necesitaba tiempo para pensar. Por lo menos el fin de semana. Porque nunca es fácil que una mujer te declare así, sin anestesia, que te echa de menos.

Fue un proceso que duró aproximadamente 3 meses. Un proceso de mutua conquista. De derribar las barreras que los prejuicios y temores iban construyendo, en nuestras mentes más que en nuestros corazones. En definitiva, un proceso de conocernos en todas nuestras facetas.

Hasta que llegamos al Campamento de Invierno. Ese año, la sede era la Escuela de Roma. Y era un campamento de sobremanera simbólico. El primero en que Felipe, mi hermano de facto, volviera al Grupo. Antes se separó del grupo para dedicarse a su carrera universitaria. La Marce y Pansho, dos de mis mejores amigos, en un incipiente pololeo con incierto futuro. Además, era mi primer campamento a cargo de las actividades, con tiernos 17 años y con un nerviosismo que me impidió comer en casi todo el campamento.

De ese campamento, quiero rescatar dos hechos en particular. El primero de ellos tiene que ver con la primera noche. Como siempre decidimos ir a misa. Pero fuimos sólo unos pocos. Yo me fui conversando ella todo el camino y luego de algunos momentos le tomé la mano. Permanecimos casi toda la misa juntos. Como amantes silenciosos, escondíamos lo que hasta entonces era un intenso cariño, bajo la “manta” del secreto que guardaban sólo nuestros más cercanos.

El segundo dice relación con aquella sospechosa “enfermedad femenina” que te impedía correr en nuestro clásico Torneo. Evidentemente sabía que no era del todo cierto, pero claramente acepté que te quedarás conmigo. De golpe, estábamos fundidos en un beso. Abrazados, riéndonos juntos. Y otro beso más. Besos que nunca podré olvidar. Y que de sólo escribir y recordarlos, producen un nerviosismo propio del cariño que te sigo teniendo.

Sí, que aún te sigo teniendo. Sé que es arriesgado lo que estoy diciendo, y que cualquiera que lea estas líneas le parecerá extraño, pero nunca he podido dejar de amarte. Cada vez que te veo, siento que me enamoro de nuevo. Es extraño, pero cada vez que nos vemos, siento lo mismo que sentía cuando estábamos juntos. Te veo a ti en colores y a todo el mundo, en blanco y negro. Termina muchas veces en el momento de la despedida. Pero, como dice la canción de Juan Luis Guerra, con la que bailamos merengue por primera vez, me enamoro de ella.

Eres y serás por siempre, un personaje importante en mi vida. Si tuviese que repartir mi corazón y entregarles un pedazo a todas las personas importantes en mi vida, espero que tengas claro que uno tiene tu nombre escrito. Y, probablemente, sea el pedazo más grande. Y eso es un poco lo que he hecho con este “libro”.

Porque sé que fuimos víctimas de las circunstancias. Porque sé que nuestro amor es verdadero. Fue, es y será siempre así. Porque viví contigo el momento más importante de mi vida. Aquel primer cambio, aquel primer triunfo, del cual, tu fuiste pilar importante.

Recuerdo aquel mensaje de texto que me enviaste cuando yo sentía que estaba muerto antes de pelear. Aquellas palabras tuvieron una influencia radical en haber cumplido mi sueño: ese que decía que estudiaría Periodismo en la Casa de Bello.

Son muchas las cosas que siento por ti. Muchas también las cosas que hoy pasan por mi cabeza. Pero siento que el título de este capítulo es lo que encierra y representa mi sentimiento hacia ti. Porque para mí, tú eres la mejor polola que he tenido. La persona más importante que he conocido. La que más he amado en la historia. En definitiva, simplemente tú. Simplemente Pame.

No hay comentarios: