Hablando de cerca, no podemos
olvidar a amigos distantes, aquellos
que están en la punta de las ramas y
que cuando el viento sopla fuerte
siempre aparecen entre una hoja y otra.
El árbol de la amistad. Autor desconocido
El árbol de la amistad. Autor desconocido
Esta historia se inicia hace algunos años ya. Sería preciso señalar que comenzó algún día de enero del año 2003. El escenario, podría haber sido extraño. Pero nos conocimos en Picarquín durante el Campamento Escolar llamado Hueniucan.
Fueron aquellos niños, los culpables o los responsables, según la óptica que se mire, de que yo y Jorge Ravanal nos hayamos conocido. Recuerdo, como si fuera ayer, el primer incidente que tuvimos. Íbamos todavía en aquel bus, que nos llevaba al lugar de ese campamento.
Jorge, iba sentado en el primer asiento, debajo del televisor del antiquísimo bus que nos llevaba al camping de San Francisco de Mostazal. Cuando llegamos al sub – campo que nos correspondía, y junto a mis correligionarios de la Ruta bajábamos, divise un tipo, hasta entonces desconocido, que se pegaba so cabezazo, con el televisor.
Esbocé una sonrisa que se transformó en carcajada cuando aquel hombrecillo, señaló: ¡Chuuuu, se me quedó algo! Ese entonces fue la primera vez que nos vimos. Fue una anécdota, tragi – cómica. Un paso en falso para cualquier persona, pero nos sirvió para conocernos. O tener tema.
Después, fue una relación eminentemente laboral. Él, el encargado de la “prevención de riesgos” lo que le valió el apodo del cual el hace tanto tiempo quiere escapar, Segurito. Yo, el “tío comodín”, que apoyaba a todos y a nadie.
Pero, como siempre, nos unieron las mujeres. A él, le eclipsaba la sonrisa e ingenua belleza de la Cata Maturana y a mí, el incipiente primer noviazgo, nos comenzaron a contactar e intercambiar ideas y anécdotas.
Recuerdo perfectamente aquella tarde, que creo era de las últimas en el campamento, en que le pediste a un niño que recogiera a través de todo el camino flores, aparentemente para que yo se la regalara a la Melissa. Una actitud que claramente me sorprendió.
Y hubo una pregunta que desde ese día me recorre la mente pero que creo que nunca te hice y si te la hice, nunca tuve una respuesta certera. ¿Por qué hiciste eso si apenas nos conocíamos?
Y desde aquel lejano año 2003, que somos amigos. Comenzamos a conocernos. A reírnos juntos. La vida nos comenzó a juntar y a recorrer los mismos lugares y frecuentar los mismos círculos.
Mis amigos, se transformaron en los tuyos. Mi casa, fue también la tuya. Como a casi todos mis amigos, mi casa se transformó en centro de reuniones y tertulias. Recuerdo aquellos momentos en que carreteaba con mis amigos, Pansho te iba a buscar y te dejaba carreteando con nosotros y él se iba.
Aquellas largas madrugadas, donde nacieron los “gastos” fijos, navideños, etc. Y fueron esas mismas madrugadas las que nos tenia reservado un estúpido asalto cuya versión completa quedó sólo en tu memoria y en la mía.
Supongo que la nuestra es de esas historias en las que basta una mirada, una actitud o pocas palabras para que sintamos que la nuestra era una amistad de verdad. Sincera y profunda.
Porque no te conozco de toda la vida, como a Felipe y a Pansho. No compartíamos suficientes actividades como lo hacía con Juan Luis y Rodrigo. No fuimos compañeros de curso como con la Marce, la Piera y Alexis. Pero igualmente somos amigos.
Ayudé, junto a mis amigos, a derribarte el mito de que los “niñitos de los Maristas” éramos agrandados, “hijitos de papa” y tipos que mirábamos por encima del hombro. Luego conociste, probablemente, a una de las personas más especiales en tu vida, que es una de mis amigas más importantes. Y por ende, te acercaste mucho más a mi vida.
En definitiva, si lo pensábamos antes de ese campamento, probablemente no apostábamos por la amistad que hoy tenemos. Porque, aun cuando hoy nos veamos poco y seas mas amigo de Pansho que mío (es broma, ¡eh!), sigo considerándote mi amigo.
Somos de épocas distintas, aunque todavía suene a broma. Veníamos de mundos distintos y de historias de vida distintas. Pero hubo algo que nos unió. Ese mismo algo, que produce que nos conozcamos hace sólo cuatro años, y haya pensado en ti, para escribir esta historia y no en algún personaje que conozco mucho más tiempo. ¿Y sabes por qué?
“Seguritamente” porque no necesitamos tiempo para que esto sea de verdad. Simplemente se necesita autenticidad. La autenticidad que demostraste en aquel cabezazo en el bus y durante todo el campamento, para confiar en un tipo que apenas conocías, para hablarle de tu vida. Porque lo nuestro fue, amistad a primera vista. Aunque suene gay.
Fueron aquellos niños, los culpables o los responsables, según la óptica que se mire, de que yo y Jorge Ravanal nos hayamos conocido. Recuerdo, como si fuera ayer, el primer incidente que tuvimos. Íbamos todavía en aquel bus, que nos llevaba al lugar de ese campamento.
Jorge, iba sentado en el primer asiento, debajo del televisor del antiquísimo bus que nos llevaba al camping de San Francisco de Mostazal. Cuando llegamos al sub – campo que nos correspondía, y junto a mis correligionarios de la Ruta bajábamos, divise un tipo, hasta entonces desconocido, que se pegaba so cabezazo, con el televisor.
Esbocé una sonrisa que se transformó en carcajada cuando aquel hombrecillo, señaló: ¡Chuuuu, se me quedó algo! Ese entonces fue la primera vez que nos vimos. Fue una anécdota, tragi – cómica. Un paso en falso para cualquier persona, pero nos sirvió para conocernos. O tener tema.
Después, fue una relación eminentemente laboral. Él, el encargado de la “prevención de riesgos” lo que le valió el apodo del cual el hace tanto tiempo quiere escapar, Segurito. Yo, el “tío comodín”, que apoyaba a todos y a nadie.
Pero, como siempre, nos unieron las mujeres. A él, le eclipsaba la sonrisa e ingenua belleza de la Cata Maturana y a mí, el incipiente primer noviazgo, nos comenzaron a contactar e intercambiar ideas y anécdotas.
Recuerdo perfectamente aquella tarde, que creo era de las últimas en el campamento, en que le pediste a un niño que recogiera a través de todo el camino flores, aparentemente para que yo se la regalara a la Melissa. Una actitud que claramente me sorprendió.
Y hubo una pregunta que desde ese día me recorre la mente pero que creo que nunca te hice y si te la hice, nunca tuve una respuesta certera. ¿Por qué hiciste eso si apenas nos conocíamos?
Y desde aquel lejano año 2003, que somos amigos. Comenzamos a conocernos. A reírnos juntos. La vida nos comenzó a juntar y a recorrer los mismos lugares y frecuentar los mismos círculos.
Mis amigos, se transformaron en los tuyos. Mi casa, fue también la tuya. Como a casi todos mis amigos, mi casa se transformó en centro de reuniones y tertulias. Recuerdo aquellos momentos en que carreteaba con mis amigos, Pansho te iba a buscar y te dejaba carreteando con nosotros y él se iba.
Aquellas largas madrugadas, donde nacieron los “gastos” fijos, navideños, etc. Y fueron esas mismas madrugadas las que nos tenia reservado un estúpido asalto cuya versión completa quedó sólo en tu memoria y en la mía.
Supongo que la nuestra es de esas historias en las que basta una mirada, una actitud o pocas palabras para que sintamos que la nuestra era una amistad de verdad. Sincera y profunda.
Porque no te conozco de toda la vida, como a Felipe y a Pansho. No compartíamos suficientes actividades como lo hacía con Juan Luis y Rodrigo. No fuimos compañeros de curso como con la Marce, la Piera y Alexis. Pero igualmente somos amigos.
Ayudé, junto a mis amigos, a derribarte el mito de que los “niñitos de los Maristas” éramos agrandados, “hijitos de papa” y tipos que mirábamos por encima del hombro. Luego conociste, probablemente, a una de las personas más especiales en tu vida, que es una de mis amigas más importantes. Y por ende, te acercaste mucho más a mi vida.
En definitiva, si lo pensábamos antes de ese campamento, probablemente no apostábamos por la amistad que hoy tenemos. Porque, aun cuando hoy nos veamos poco y seas mas amigo de Pansho que mío (es broma, ¡eh!), sigo considerándote mi amigo.
Somos de épocas distintas, aunque todavía suene a broma. Veníamos de mundos distintos y de historias de vida distintas. Pero hubo algo que nos unió. Ese mismo algo, que produce que nos conozcamos hace sólo cuatro años, y haya pensado en ti, para escribir esta historia y no en algún personaje que conozco mucho más tiempo. ¿Y sabes por qué?
“Seguritamente” porque no necesitamos tiempo para que esto sea de verdad. Simplemente se necesita autenticidad. La autenticidad que demostraste en aquel cabezazo en el bus y durante todo el campamento, para confiar en un tipo que apenas conocías, para hablarle de tu vida. Porque lo nuestro fue, amistad a primera vista. Aunque suene gay.
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