viernes, 14 de septiembre de 2007

La Única Que Quise Tener, Tuve y No Pude Re - tener

“Sueño a través de ti,
tu aroma llena mi Universo
y la vida me hace feliz…”

Aquí. Sin Bandera.




Sinceridad. Quizás esa es la palabra que sintetiza de mejor manera mi relación con este personaje, que, para variar, apareció en un minuto difícil de mi vida y la hizo suficientemente más fácil. Una historia de dulce y de agraz, que paso a narrar en las siguientes líneas, porque es una de las más importantes. A saber:

Recuerdo la escena como si fuera ayer. Era uno de los últimos días del mes de marzo de 2006. Como el año anterior, era un difícil inicio de año porque los fantasmas de la soledad azotaban mi vida. Esta selva de cemento que es Santiago me atormentaba, y, al mismo tiempo, me recordaba la pasividad de mi querido San Fernando.

Llegué al restaurant “Raúl Correa y Familia” donde trabajaba mi padre en ese entonces y donde pernoctaba, porque difícilmente se puede decir que vivías en una habitación que estaba lo suficientemente cerca de las pocilgas donde viven mis congéneres porcinos.

Salude, como de costumbre a todos los garzones y cocineros del famoso restaurant de calle Estoril. Hasta que llegue a la cocina fría, donde se encontraban los tipos que mas se acercaban a mi edad dentro del recinto gastronómico (al rato, me di cuenta porque no pude decir mis “amigos”). Ahí estaba ella. Tímidamente la salude y me la presentaron:

- Romina, este es el hijo de Don Carlos, Marcelo

Un tartamudeado saludo balbuceé ante aquellos ojos profundamente claros que me hipnotizaron durante todo lo que quedaba de noche. Luego, la acompañé hasta la micro cerca de las 11 de la noche, cuando todavía los micros amarillos recorrían las calles de la capital. Ahí comenzó todo para mí.

De golpe, sin saber mucho por qué, llegar al restaurant se me hizo muchísimo más atractivo. Podía estar horas y horas solamente viéndola trabajar. La adoraba casi religiosamente. Aun cuando tenía suficientemente claro que no me pescaría. Sus ojos estaban puestos en el compañero de trabajo. Eso creía yo al menos.

De ahí nos saltamos como un mes y medio después. Su “relación” con este tipo había terminado y yo, como nunca, llegue temprano un día jueves al restaurant. Me senté, ex profeso, afuera de mi habitación a “leer” la revista “El Periodista” que por esos días regalaban en mi escuela de periodismo, la más antigua y prestigiosa del país.

Días atrás descubría sistemáticamente que teníamos muchas cosas en común. Ella asistía a una parroquia, yo al movimiento scout (del cual ella formó parte alguna vez). Ella vivió EJE, yo un curso de Espiritualidad Marista.

Sentado afuera y aparece ella. Lentes ópticos y esos ojos profundamente verdosos eran suficientes para atraer mi atención. Se me sentó al lado. A esperar que un “amigo” la llamara para juntarse con ella. Conversamos un rato y pasó. Simplemente pasó.

Ella se fue. Y yo entre a mi habitación. La quise tener y, casi sin proponérmelo, la estaba empezando a tener. Por vicisitudes de la vida no nos vimos hasta la otra semana. Pudimos conversar recién el martes. Y nos pusimos a andar.

Todo terminó en un corto pero intenso pololeo de tres meses. Justo el día 6, del mes 6, del año 2006 pedí por primera vez pololeo. Y desde ese día, durante tres meses tuve todo lo que quise tener. Me mimaron, me celaron, me sedujeron, me acariciaron y me dieron en el gusto en todo.

Fui feliz durante esos meses que pasé con ella. Todavía recuerdo la hermosa tarde que pasamos juntos en la Quinta Normal. Fue quizás, y lo digo sin temor a exagerar, una de las tardes más maravillosas de mi vida. La amé con todo mi corazón, aun cuando no se lo dije muchas veces. Esa tarde fue simple, caminamos, conversamos de nuestros sueños y nuestros temores. Rayando la perfección. Y al aire libre más encima.

Fue una gran novia. Sintetizaba en su persona, todo lo que yo buscaba en ese momento y lo que busco en una relación de pareja: que me haga más fácil la vida.

Cualquiera que lea estas líneas, podría pensar que si todo era tan perfecto, por qué se terminó. Yo puedo, solamente, plasmar en las siguientes palabras, lo que pasó por mi cabeza cuando escribí aquel correo que transformó probablemente la imagen del personaje que, según sus propias palabras, “derribó la muralla que había construido hace algún tiempo para ser inmune a enamorarse”.

Yo me sentía ahogado. Pocas veces me ha incomodado tanto el compromiso como en aquella época, Además, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Y la distancia no era tan física, ni temporal, sino que más bien, yo comenzaba a sentir una distancia sentimental muy grande.

Sentía que en su proyecto de vida, yo era algo así como una piedra en el zapato cuando caminas un largo trecho; sentía que nuestros caminos se comenzaban a separar. Lamentablemente, por el hecho de ser una sensación puede estar equivocada. Y eso, me hizo tomar una decisión: la de terminar. No sé si correcta o incorrecta. Pero decisión al fin. Lo único que tengo claro, es que si tuviera los mismos antecedentes hoy, tomaría la misma decisión.

No sé de verdad si alguna vez me entendió la decisión. Lo único que quiero que sepa, si alguna vez esto se transforma en un libro y llega a sus manos, es que lo siento mucho. Que me perdone por como termine esto, que me disculpe si la decepcione, porque no fue mi intención nunca hacerle daño. Y que le agradezco todo lo que me hizo vivir. Nada más que eso. PERDÓN Y GRACIAS.

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