viernes, 14 de septiembre de 2007

Mi Niñez: Un Trébol de Cuatro Hojas

Una pelusa en la solapa,
falta de tinta para la pluma,
llegar a misa tarde
–en sumalas ocurrencias de un domingo,
muestran que el hombre en su adultez,
so capa de menudencia es un niño,
es un signo.

De muerte. Armando Uribe


Dos personas, una familia y un lugar. Cuatro patas de una mesa, que, durante gran parte de mi infancia y adolescencia juegan un papel importante. Sideralmente importante. Y aparecen juntos, simplemente porque me pareció coherente para la sistematización de las historias que así fuera.

La verdad, esta es una de las últimas historias que he escrito. No porque sea menos importante, sino que porque me pareció nostálgica. Que hablaría de un pasado que aparenta lejano, pero, también de cómo enfrento hoy, en el presente, a estas personas y este lugar. Que son los que me remiten a ese pasado.

No se como se creo ese lazo. Al igual que con los otros personajes y con ese lugar, son parte de mi vida. No recuerdo un pasado sin ese gran amigo, mi querida Nany, esa familia y aquella nostálgica plaza.

Dilema Pérez. “La Nany” como se le ocurrió a un regordete niño decirle cuando tenía apenas algunos años de vida. A ella la conocí el mismo día que nací. Junto con mis padres y sólo a través del conocimiento que tengo hasta ahora y por mera intuición, debe ser de las primeras personas que me vio cuando nací. De las primeras con las que conviví.

Es difícil rescatar un momento o una situación. Sólo quisiera decir que aunque suene cliché, siempre sentí que el rol de madre, fue ocupado, en mi caso, por una fuerza doble. Una, la carnal, que me cuidaba en la semana y durante el año. La otra, sanguínea, que me protegía en las vacaciones y durante los fines de semana.

Es un rol importante. Ella también es parte de las personas con las que converso muchas cosas que me ocurre, Una gran consejera. Definitivamente, una persona que ocupo el rol de madre.

Nicolás Solís. Sin afán de ser injusto con Felipe, mi primer gran amigo. Y, uno de mis primeros ídolos. Una persona que me gustaba como funcionaba. Con quien compartía casi todas las pasiones. Una de los grandes responsables de que, cuando terminaba mi semana, volará casi a la casa de la Nany.

Aquella frase, de mi primer gran amigo, no es azarosa. Porque fue con el que hacía todas las cosas que uno hace cuando es chico. Fue con el que jugaba fútbol y a la escondida. Con el que caminaba por el centro y vitrineaba. Con el que salía a tomarme helados al Gellato’s Café. Con el que me subía a los árboles y jugábamos Nintendo y luego, Súper Nintendo.

Creo que no existió cosa que con el “Nico” no hayamos realizado. Nuestro itinerario en el verano era más o menos el siguiente. Despertábamos a una hora prudente. 10 u once de la mañana. Cuando no salíamos al centro en la mañana o íbamos a jugar tenis, esperábamos hasta el almuerzo. En la tarde nos llamábamos por teléfono, aunque vivíamos al frente. Salíamos, a conversar. A hacer nada. A simplemente estar. O a jugar a alguna cosa. Luego tomábamos once. Salíamos de nuevo y allí hasta que cayera la noche. Tipo 11 o doce, me entraba. Y así, casi todos los días.

Lo mejor era que no nos aburríamos. Porque la pasábamos bien juntos. Y, a pesar de la diferencia de edad, era una relación de amistad gigante. Aun cuando yo, tenía re poca experiencia en la amistad.

La familia. EL Tío “La” y la Tía Nelly, dos personas que probablemente nunca hicieron nada, pensando o buscando salir en este libro. Todo lo hicieron porque les nació. Porque ese niño regordete, les robo el corazón. Al igual como se los robó a cada una de las hijas que tuvieron, que siempre me consintieron como un sobrino. El único sobrino que tenían hasta ese entonces.

Porque aquel momento que se inmortalizo con una foto, comiendo melón tuna, en el patio de la casa de esta familia, es demostración de nuestra relación. Me dejaron entrar a la intimidad de su casa. Porque vieron en mí el nieto que nunca habían tenido hasta hace un par de años.

Es difícil no nombrarlos en este caso. Porque se que pase gran parte de mi infancia en su casa, porque sus hijas me robaban y me llevaban para allá. Me imagino que viví muchísimos más momentos con ellos de los que me acuerdo. Era demasiado chico para recordarlo.

Pero ya de grande, se han preocupado siempre por mí. No existió regalo más útil que el que ustedes me hicieron para mi Licenciatura. Ese bolso lo he usado durante los intensos tres años que he estado en la Universidad.

Independiente de todo lo que pase, de lo que poco que nos vemos, nunca voy a olvidarlos. Me acordaré siempre de aquella familia que me acogió en su seno. Que me dio melón y chocolates. Y créanme que nunca me olvidare de aquella frase que inmortalice, y que nos unirá por siempre. Porque nunca dejare de ser Marcelo Cerda Díaz. Con Villablanca.

Plaza. No se si tiene nombre y si lo tiene, no lo conozco. Pero con mis amigos, en el último tiempo le pusimos, la “plaza de la Reconciliación”. Y fuera de la connotación que tiene en Chile esa palabra que después de casi 20 años no encontramos.

Pero para mí esa placita, significa mucho. Para quienes no la conocen, se encuentra en San Fernando y, particularmente en la Villa Antivero. Ese lugar que para nosotros, sobre todo después que la arreglaron y hermosearon, se transformó en un lugar que nos producía contradicción.
I
Porque, por un lado, nos divertíamos jugando fútbol, corriendo y haciendo muchas cosas en ella, pero, al mismo tiempo, éramos victimas de retos y castigos por pisar el césped. Esa es una de las cosas que nunca he entendido en este país. Como pueden existir plazas donde diga: “no pisar el césped”. Para que sería el pasto, si no es para pisarlo. O para comérselo, dirían algunos. O para las vacas, parafraseando a Marcelo Ríos.

Esa placita, es el único lugar donde me siento en paz. Aquellas imágenes que me recuerdan a mi niñez. El momento en el que no teníamos problemas. O no parecíamos tenerlos. Donde mis tardes eran jugar, reír y divertirnos. No eran estudios, libros e informes.

Aquel árbol grueso del sector norte. Aquella araucaria que colinda con la casa del Nico. O aquel arbusto con pelotitas verdes que más de alguna vez nos tiramos por la cabeza, con el Nico, cuando casi vivía en la casa de la Nany. Y el Tío Mario nos miraba mientras regaba el pasto y la Nany y la tía Nelly cuchicheaban.

El párrafo anterior es la mejor demostración de que este ramillete de cuatro cabezas, debía ir juntos. Porque los cuatro se entrecruzan y describen uno de los momentos más felices de mi vida. Básicamente, no porque hoy sea infeliz, sino por una razón muchísimo más simple. Y que tiene que ver, con que en aquella época, la infelicidad para mí, no existía.

Porque fui un niño feliz. Con una abuela regalona. Un amigo entrañable. Una familia que me quiere y muy querible. Y un lugar que recordare eternamente como el representante de mi niñez. Cuatro imágenes que quise inmortalizar en estas historia. La mejor demostración de que ese mundo era muchísimo más fácil que el que vivo ahora. Y que, de vez en cuando, es necesario y sano, recordar. Gracias a todos, por permitirme recordarlo con felicidad. Incluso cuando yo sea el tipo del poema que encabeza este historia.

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