viernes, 14 de septiembre de 2007

Buenos Cristianos y Virtuosos Ciudadanos

Con la luz del saber en el alma,
con la fuerza que da el creador,
forjaremos un mundo más justo,
con esfuerzo alegría y fervor.

Himno I.S.F. Guillermo Morales



¿Les hago una apuesta? Pregúntenle a cualquiera de mis compañeros del colegio y gente de mi generación, si teniendo la misma oportunidad o las mismas ganas de escribir algo parecido a este conjunto de historias, escribirían una dedicada a su colegio o a lo que significa ser maristas. Diez a uno, que la respuesta general, sería un no rotundo.

Y eso tiene que ver con un fenómeno, del cual yo también fui parte, durante gran parte de mi infancia. Con ese fenómeno que lleva a todos nuestros padres, de inscribirnos en un colegio sólo buscando éxito académico. Valores, identificación y amor al colegio, pasan verdaderamente a segundo plano. Y aun cuando tengo claro que para mis padres no era así, me costo bastante rato darme cuenta.

En mi caso, eso duro hasta séptimo u octavo básico. Porque independiente de que en mi familia existiera una suerte de tradición marista, yo no asumía con orgullo un hecho que para mi no era mas que azaroso, que era ser marista, ni menos, sentía que quería a mi colegio. No obstante, existieron desde entonces y hasta el día de hoy, muchas señales que lentamente me hicieron cambiar de opinión.

Lo primero es que por aquella época, descubrí por primera vez, o más bien asumí realmente al personaje que tuve como rector. Pasaron cerca de cuatro años hasta que aquella sonrisa que me recibió en el plan piloto de la educación personalizada, pasó a ser recordada como el verdadero tipo que conocí. Mas que nada, en su verdadera magnitud. Aunque suene cliché, un santo en vida. Y hablo del Hermano Fernando De la Fuente

Sin embargo, el grupo scout Guallipén, al mismo que le dedico otra historia, de estas 20 que me propuse escribir, me sirvió para conocer a hermanos de la talla de Isidro Azpaleta, José Luis Arranz y el nunca bien ponderado Hermano Feña. Son personas que encarnan y hacen vida el concepto y los pensamientos que cerca de tres siglos atrás, Marcelino Champagnat, pensó para su natal Francia.

A posteriori, comencé a defender los colores de mi colegio. Y aun cuando no me puse nunca, (creo) la camiseta del colegio con el escudo en mi corazón, creo que fueron muchas las situaciones que demostré que llevo aquella insignia prendida a mi corazón, tal y cual me lo puso el Hermano Raúl en mi pecho durante mi Licenciatura.

La atajada del penal en las Olimpiadas, la pelea con el Rector por nuestra ausencia injustificada en los JUDEM. Fui orgullosamente el abanderado del colegio y siempre deje bien puesto el nombre del Instituto San Fernando. Gestos que se vieron reflejados, en los dos premios más importantes que me he ganado en mi vida: El de Valores Maristas, en Segundo Medio y el premio Hermano Isaías Puebla, que por representar fielmente los valores maristas y haber demostrado amor por el colegio.

La verdad, me costó valorar la importancia de aquellos premios. Recuerdo muy bien cuando llegue a la casa, un poco acomplejado por el premio de valores maristas. Le conté a mi madre y a ella le rodaron las lágrimas. Orgullosa de su hijo, la señora de las cuatro décadas eternas.

Sin embargo, al tiempo comencé a querer mucho más a mi colegio. A sentirme orgulloso de ser parte de una ideología, de una congregación que en su momento más primario y en su estado natural, es una congregación hermosa. Con un pensamiento actualizable y sin la carga negativa de los otros movimientos católicos.

Debo ser de los personajes más críticos de mi generación en relación a las directrices que tiene la Congregación y en particular mi colegio. Pero como siempre, para criticar hay que conocer. Y conocí lo bonito y lo feo. Me regocije cuando anduve en Alto Hospicio y puse, mi granito de arena para la construcción del undécimo colegio Marista en Chile. Y, sufrí cuando vi a tipos entrar a una cancha y no mojar la camiseta de su colegio.

No soy quien para decir como querer al colegio. Pero aprendan a valorar a los tipos que uno tiene al lado y las cosas que el colegio entrega. Porque no se conocen muchos Hermanos Raúl o Fernando en el mundo. Porque cuando se conocen otras realidades en San Fernando y en todo Chile, se valora mucho más lo que uno tiene.

Porque más allá de las críticas que uno puede tener con su colegio y con la ideología detrás del ser marista, es una idea noble la de Marcelino. Y un sueño que todos los que somos maristas debemos ayudar a hacer realidad. Porque ser buen cristiano y virtuoso ciudadano es comprometerse con la situación de la ciudad.

Porque significa salir de la burbuja de la “raza” marista que muchas veces nos construyen en el colegio. Es aprovechar todas las cosas que el colegio te entrega para ayudar a tu país. Y, de esa forma, aquella idea que nació en el lejano Rosey, cuando un idealista joven, pensó en los niños y la necesidad que todos conocieran que Dios les ama.

Y ahora, cuando quienes deben seguir su legado consagrándose al igual que él, están disminuyendo, es labor de todos, que ese sueño siga haciéndose vida. Porque es importante ser marista, debemos hacer de todos, independiente de la religión y el color político, buenos cristianos, y, por sobre todas las cosas, virtuosos ciudadanos.

No hay comentarios: