viernes, 14 de septiembre de 2007

Todos Para Uno y Uno Para Todos

Los personajes a quienes están dedicadas estas líneas, fácilmente podrían haber tenido una crónica personal. Pero, preferí hacer una conjunta para los cuatro, porque representan distintos momentos de mi vida, que están íntimamente relacionados. Son cuatro caminos sinuosos y disímiles que, inexorablemente, llegan al mismo final: amistad a ultranza.

Distintos caracteres y formas de ser. Disparejas motivaciones y estilos de vida. Diferentes recorridos históricos y valores. Pero todos con algo en común: ocuparon y siguen ocupando un importante lugar en la lista de las personas a quienes invitaría a mi fiesta de cumpleaños y que, en distintos momentos, han sido confidentes de todo lo que me pasa.

Las circunstancias de la vida nos juntaron. Y comenzare a describir mi relación con estos cuatro personajes, eligiendo caprichosamente el orden. Sin otra razón que el arbitrio de este humilde “escribidor”.


¡Te quiero, abuelo!


Athos: hombre de extremada valentía
y gran espadachín, de personalidad
reservada y modales refinados, además
de marcada afición al vino. Athos, cuya
verdadera identidad es la del Conde de la Fère,
guarda algunas sorpresas sobre su pasado
que lo atormentan.
(Es el mayor de los cuatro también en la novela)

Quisiera recordar la misma anécdota que recordé en la crónica que le escribí como regalo de cumpleaños y que en algún momento leyó y borré por circunstancias de las cuales no quiero acordarme. Empezaba algo así:

“1998. ¿Yo? Un simple lobato disfrazado de tropero a los tiernos 11 años. ¿Tú? Un ilusionado alumno de cuarto medio que a sus 17 años carga una mochila llena de sueños y decisiones por tomar. Chile vivía una de las sequías más crudas del último tiempo y viajábamos a la calurosa ciudad de Los Andes. Por supuesto, la conocida impuntualidad marista se hizo presente cuando esperábamos el bus proveniente de Curico. Horas esperándolo, protegidos solo por un pequeño techo durante el único día que llovió en San Fernando en todo el año”.

Durante el viaje hubo un incidente trivial y nimio, pero que sintetiza claramente el tipo de relación que hemos tenido. Aquel rutero que firmaba “Mi Senda” en los patios del colegio tomaba mi turco y lo volteaba escondiendo el lobo que tenía delante. “Usted ya no es lobato, ahora es tropero” me señaló.

Y así ha sido nuestra relación: un constante aprendizaje. Porque, aunque no parezca, detrás de aquellas bromas y discusiones, existe un sentimiento claro de respeto hacia una persona que, tiene más años, más vida y más experiencia. Aunque haya momentos que critique tu conservadurismo y no entienda tus actitudes. Aprendí a quererte y a trabajar contigo. A potenciarnos a favor de uno de mis máximos anhelos. Que los troperos que estén a nuestro cargo vivan algo de lo que vivimos nosotros como scout.

El 2006 terminó para nosotros con un distanciamiento y con una de las peleas más fuertes que he tenido con un amigo. “Lío de faldas” como dicen. Y aunque me dolió y sigo manteniendo mi postura respecto al tema, aplique el viejo concepto de que: “lo que no te mata, te hace más fuerte”. Y no seré yo quien juzgué finalmente, las actitudes de mis amigos, porque, como siempre dije, estos, no están para juzgarse.


El bicho raro

Aramis: Joven delicado, elegante y caballeroso,
muy amigo de Athos y Porthos,
lleno de aparentes contradicciones:
mosquetero sin vocación pero excelente
y temerario espadachín; siempre
a punto de profesar en el clero,
pero constantemente involucrado
en intrigas políticas y romances clandestinos.


El más díscolo del grupo. Un intrincado e indescifrable acertijo es conocer su personalidad. Y desde que se puso a pololear, es aún más difícil. Pero durante un tiempo importante, la vida nos juntó en San Fernando y nos transformó en confidentes.

Durante todo el año 2004, este personaje volvió al grupo scout. Se hizo cargo de la manada como toda la vida. Y dado esto, coincidimos en la visión crítica del grupo en el colegio. Y pusimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para cambiarlo. Eso, nos unió más allá de las reuniones del día sábado.

Dos incidentes se me vienen a la memoria en este preciso instante. No recuerdo el motivo ni el día, sólo que lo llame por teléfono. Y una voz desgastada y a punto de quebrarse, me contestó al otro lado de la línea. ¿Por qué será que uno siempre que a la otra persona le ocurre algo malo, lo llama con toda a energía del mundo?

No sé, sólo tengo claro que ese día, aquella imagen de hombre fuerte fue vencida por la pena de la muerte del gran y fiel Duncan. Su hijo, como le llamaba, había partido del mundo terrenal y junto con él se había llevado un pedazo de su corazón. Fui uno de los primeros en enterarme. No supe que decir en ese momento. Cuando logré descifrar, entre sollozos, lo que me quería decir.

El otro incidente, es aquella memorable reunión de evaluación – asado, después de uno de los campamentos más notables que pude asistir. Por el ambiente, por nuestra participación. Por todo. Pero, lamentablemente, se vio empañado por el ambiente enrarecido de aquel día. Todos querían figurar y lucirse. Ironizaron sobre la “relación” que tuvo Juan Luis en el campamento, con su polola presente y cuestionaron unánimemente mi feliz pololeo con Pamela, entregándole más presión de la que naturalmente tiene una relación amorosa entre un joven de 18 años y una “niña” de 13 primaveras.

El único que me apoyó en ese momento fue Juan Luis. Y eso, es una de las cosas que admiro de él: la consecuencia. Siempre y en cualquier lugar me apoyó. Fue el primero que me dijo que si tomaba la decisión de salirme, el se iba conmigo. Radical y consecuente. Y solidario, por sobre todas las cosas.

Han pasado casi tres años de aquellos tiempos. Y mucha agua bajo el puente. Y no sé si lo hice, pero, a pesar de todo, sigo agradecido de aquel gesto. Y tal como ese año, las mismas circunstancias que nos unieron, hoy nos distanciaron. Pero lo quiero, igual.




Don Juan Tenorio


D’Artagnan: Es el personaje principal del libro.
Busca transformarse en mosquetero.
Es bravo, audaz, inteligente,
ambicioso y buena persona.


Nuestro amigo capitalino. El galán. El Don Juan. Un amigo entrañable. Con el “Coté” tenemos una relación extraña. Porque es de esas que demuestran mucho cariño y preocupación por el otro. Pero puede pasar mucho tiempo que no sepamos el uno del otro.

Recuerdo fehacientemente que mi primera impresión de él fue un odio profundo. Esto se remite a cuando el muy infeliz ocupaba nuestra carpa mientras andaba “joteando” (para variar) a Camila Bahamonde, una dirigente de nuestro grupo que dormía en la misma carpa.

Cuando yo y Rodrigo queríamos descansar después del tercer día consecutivo que almorzábamos porotos, él descasaba pacientemente y nosotros debimos conformarnos con un roca que estaba algunos metros más allá.

Sin embargo, “Jote” es un tipo afable. Simpático. Muy agradable. En definitiva, querible. Y quizás por eso es que formamos una amistad a base de nuestra simpatía por Colo – Colo y por una suma de cosas que tenemos en común.

Recuerdo el día que volví a ponerme en contacto con él, después de mucho tiempo. Vía Internet concordamos una visita a mi casa. Todo desembocó en una continua juerga que, cada cierto tiempo, nos juntamos a repetir.

La verdad que a fines de 2006, para mí, hubo un punto de inflexión en nuestra relación. Porque él “andaba” con un niña, Daniela, en San Fernando. Y de golpe, sin proponérmelo, comenzó a gustarme de verdad. Eso al menos, sentía en ese momento.

Aquí vino quizás una de las contradicciones más vitales que he tenido durante estos veinte primeros años de mi vida: le cuento o no le cuento. El problema surgía en buscar el momento, la ocasión.

Pero la vida es sabia y a quienes actúan con la verdad siempre les ayuda un poco. Fue necesaria otra conversación virtual para sincerarme respecto a mis seudo – sentimientos. Y lo entendió perfectamente. No como una traición, sino como un acto de sinceridad. Contarle, para mí, fue una acción coherente y consistente. Y me lo agradeció, como buenos amigos que somos. Porque, cosas más, cosas menos, aunque nos separen kilómetros de distancia y nos veamos una vez al año, cada vez que eso ocurra, será porque la vida nos recordará que somos amigos. Y de los de verdad.


De los que luchan toda la vida



Cardenal Richelieu: Fue un prelado, noble
y hombre de estado francés. Codicioso y
hambriento de poder, además de recordado
por su mecenazgo y preocupación por el arte.
No obstante, considerado uno de los más
hábiles políticos de la historia de Francia.
Heredero de Maquiavelo y todo su legado.



Es el último de los personajes que he conocido, en términos temporales. Cuando recuerdo nuestro primer encuentro, en mis oídos retumba la destemplada voz del vocalista de Sexual Democracia diciendo “el maaaanque, el maaaanque, hijo de la montaña y el dolor…” La anterior fue la frase que sirvió como telón de fondo de mi primer encuentro con este gigante de un metro y 98 centímetros. En ese entonces, con un largo pelo rubio y un estilo que distan mucho del actual hombre que, por fin, terminó su carrera y que inicia un pujante camino por los sinuosos recovecos de “farandulandía”.

La segunda reunión tuvo lugar en mi casa cuando este personaje se apersonó en ella junto a su amigo Rodrigo, para observar un partido de Colo – Colo versus la Universidad Católica. Dicho partido sirvió para Pato acuñará la hoy famosa frase de “la carta Quinteros”. Un jugador del Popular llamado Ignacio Quinteros, que nunca entró dentro de mis gustos futbolísticos, para él era nuestra carta de triunfo. ¿Resultado? El Nacho abrió el marcador y a la postre bajaría una nueva estrella del cielo para sumarla al palmares del Eterno Campeón.

Casi sin proponérnoslo, la vida nos empujó a conocernos. El destino, en el que personalmente creo, nos obligó a compartir, a conversar y a descubrirnos. Descubrir nuestra igualdad de pensamientos, nuestra cercanía en cómo vemos la vida y finalmente, como la enfrentamos.
Debo reconocer que en un principio, para mí, Pato era un personaje lejano. Y no sólo por los casi 15 centímetros que me lleva de ventaja, sino también por su personalidad. Porque es un tipo que es muy amigo de sus amigos. Y como el mismo dice, el resto, a la mierda.

Como este último tiempo le he dicho a Pato, nuestra similitud, en último término, se reduce a intentar ser buena persona. Algo que en el discurso es muy valorado, pero en la práctica se reconoce pero no se demuestra. Quizás, por eso, le exigimos mucho a quienes están a nuestro lado. Y pocas personas entran en ese círculo

Fue durante el verano de 2007, cuando la vida nos juntó y nos permitió conocernos. Algo que ya venia generándose durante el año anterior y después del Campamento de Monte Oscuro. Lugar donde, entre paréntesis, conocí la punta del verdadero iceberg que eres como persona. ¡Mal pensado! No esa punta. Es en sentido figurado.

Durante esas largas noches de enero, o febrero, conocí a un personaje con quien compartí, desde partidos de fútbol hasta mis más íntimos secretos. No todos, por supuesto, pero en aquellas largas conversaciones noctámbulas, hablamos de lo humano y lo divino.

Nos parecemos bastante. Solo intentamos ser buenas personas, dentro de nuestros conceptos. Lamentable o afortunadamente, no sabemos ser de otra forma. La historia, a la larga, dirá si la vida nos premiará o no. Sólo tengo claro que por lo menos, la vida a mi me premió regalándome un amigo que me sirve para legitimar mi forma de ser. Para sentir que la pelea no la estoy dando sólo. Y para seguir dando vueltas en este mundo vertiginoso, que muchas veces me obliga a pedir que lo detengan porque me quiero bajar.

Muchas han sido las conversaciones, las presunciones y las especulaciones. Sólo tengo claro que la vida, a la larga, es justa. Yo no sé si nuestra forma de pensar es la que corresponde, porque las morales colectivas no existen.

Pero lo importante es que tenemos que seguir luchando. Porque como dice Bertold Bretch, “hay quienes luchan un día y son buenos; hay quienes luchan un año y son mejores; hay quienes luchan muchos años y son más buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, ESOS SON LOS IMPRESCINDIBLES”

Y siguiendo con esa lógica que hablamos acerca de nuestro afán de pelear por las causas pérdidas, créanme que, sin falsa modestia y por lo que nos han dicho, tú y yo, Pato, somos de los últimos.


Cuatro vidas, que desde su propia trinchera, y en momentos distintos de mi vida, han influido en mi, durante estos 21 años de vida. Cuatro colocolinos que llevan la pasión por vivir muy dentro del corazón. Cuatro personas que, con sus virtudes y defectos han sido “luz brillando en la oscuridad” como dirían Los Enanitos Verdes.
I
Son cuatro grandes amigos, con quienes, me construyo y, al mismo tiempo, me soporto. No se que tendrán ellos que decir de mí. Sólo sé que agradezco todas las veces que recibí un abrazo, un beso, una palabra de aliento. Agradezco conocerlos, compartir mi vida con ustedes. Porque, a pesar de todo, los quiero. Profundamente

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